domingo, 25 de noviembre de 2012

Cuarto “C”



“Yo sueño que estoy aquí
           de estas prisiones cargado,
            y soñé que en otro estado
            más lisonjero me vi”.
La Vida es Sueño
Pedro Calderón de La Barca

Cuando Pedro Loza despertó de un pesado sueño en el que se convertía en un monstruoso insecto, su pecho al fin inspiró profundamente. Pulsó a tientas el buró de su recámara y con el control remoto apagó la alarma de su televisor. El vapor de agua lagrimeaba lentamente en el vidrio de la ventana mientras la madrugada se esfumaba.  Entonces se levantó pesadamente  y se dirigió al baño. Miró su desgastado anillo de masón, eternamente calzado en su anular derecho. Habían pasado los años por ambos, entre óxido del jinete metálico y las arrugas de la humana montura.

Era un lunes más,  inicio de su treintaicuatroavo ciclo escolar en su sesentaitresavo año de vida. No era un día de euforia, sino un momento adocenado en su prolongada vida docente.

Las motivaciones por iniciar eran mínimas, el cheque no llegaría sino hasta el 15 de septiembre, por lo que habría que resistir un largo mes sin cobrar.

Las vacaciones arrancaron, como cada año,  junto con sus hijos hipsters, vividores e incultos, lo más reciente de su patrimonio.

Préstame, llévame, cómprame, págame y regálame fueron las llaves que desmoronaron la caja fuerte en que había convertido con partisana austeridad hacia sí mismo.  Fue la cultura del sacrificio, el ejemplo de su padre, el que lo forjó así.

Es que habiendo sido tan pobres en otros tiempos, los hijos y ahora los nietos se merecen todo. Cada cuatro generaciones en la familia se derrumba el patrimonio, fue la regla que le dijo su abuelo antes de morir.

Las vacaciones siempre fueron el rencuentro con la construcción familiar, por eso se refugiaba en su trabajo. Había tomado como costumbre narrar sus veranos y se dio cuenta de que el asueto había determinado su vida. Las peores peleas, los golpes más terribles y  las mayores pérdidas  invariablemente se suscitaban en los momentos de ocio.

Al menos este año no había sufrido más, solamente su cartera vacía y algunas peleas  verbales le habían lastimado su úlcera. Pero en el recuento de sus bendiciones celebraba que desde hace dos años tenía que había conseguido su permuta desde San Lucas hasta Piedras de Lumbre. Un pleito de faldas le había valido un castigo de diez años en el marchómetro sindical. Nuevamente la sombra de su padre le permitió finalmente obtener un espacio más cercano a sus hijos, su familia y sus muertos para trabajar.

Ahora, tras la reflexión matutina y el suspiro nostálgico, prosiguió la rutina de siempre, ducharse con agua fría,  preparar el austero desayuno, fruta, granola y un poco de queso cottage, para después salir del panal de viviendas-dormitorio en Indaparapeo para poder arribar a la larga subida a Santa María.

En la lista de pendientes de su tablero de corcho, destacan con papel fosforescente los reclamos económicos producto de los compromisos económicos de sus dos matrimonios anteriores, ambos con maestras normalistas por supuesto. Tanto tiempo conviviendo en el aula, en la dirección y en los días de asueto invariablemente terminan por enredar vidas y compartir saberes. Había sido difícil dejar morir ambas relaciones que ya no aportaban en absoluto, por lo que la soledad de su casa de interés social, adquirida con el tercer crédito hipotecario de su vida le parecía mejor. Sin más, cierra la puerta y se marcha en su auto.

Los meniscos de la rodilla izquierda se lastiman después de presionar el clutch  más de ochenta veces esos cuarenta y cinco minutos que hay que aburrirse en esa larga fila de vehículos. Con los pesados lentes calzados en la nariz es impensable osar rebasar como algunos imprudentes lo hacen constantemente.

Una vez más, es momento de cruzar esos metros de terracería y arribar al estacionamiento, en cuya puerta saluda a todo mundo el viejo Don Peter, el conserje, quien a estas horas de la mañana, aterido de frío aparenta sobriedad. Ujier y brazo armado de la protesta, más que servir parece pasar lista, por lo que siempre es el primero en estar presente en la puerta de malla ciclónica, vigilando con celo su rebaño de ganado gremial.

Después de alejarse de la incómoda mirada, procede estacionar el auto subcompacto que renueva cada cuatro años desde hace más de cuatro lustros.

La gasolina ya no permite motores como los de los tiempos de Vanguardia Revolucionaria.

Incorporándose lentamente desciende del vehículo, sintiendo en los tobillos la irregularidad de la grava que le falsea la postura vertical. Su zapato de suela de goma patina un poco hasta que finalmente se estabiliza. Acude a la cajuela y toma su viejo portafolio de gastada piel, que se cuelga con resiliente gallardía al sentirse observado.

Acude directamente al patio cívico para tomar un lugar hasta delante de los niños y guiarlos entre las notas del himno nacional. El viejo cuero del morral se arruga bajo el brazo del maestro rural, quien con el pecho henchido de emoción canta “un soldado en cada hijo te dio”. La lírica de Bocanegra sigue estremeciendo a quien lo evoca ritualmente al menos 60 veces al año.

Las palabras de bienvenida son insufribles. La participación del nuevo presidente de la asociación de padres de familia, invitando a comprar en la cooperativa y sui perorata haciendo una torpe apología del alto precio de los refrescos enlatados es insufrible. 20 minutos bajo el sol y empiezan a notarse los estragos que el involuntario ayuno hace sobre los niños más depauperados.

Finalmente, se termina el suplicio, la posición de descanso se convierte en lenta conducción de noveles escolapios de cuarto grado.

Y cuando llegó al aula, recordó el sueño matutino. El infierno debe estar plagado de paralelos. La maldita estrella roja en la boina de un barbado ícono hipster sudamericano le jugaba una mala pasada: un adusto amigo de don Peter estaba ahí, impartiendo clases. Los replicantes de funciones habían vuelto a atacar. Sin darse cuenta, sus compañeros comenzaron a acercarse con mórbida intención de saborear el festín de la reyerta. La permuta no había sido del todo gratis. La venganza de su exmujer aparece cual Martini seco, deliciosamente fría.
El viejo Pedro les increpó: -Usted salga del salón, yo soy el maestro y este es mi grupo.
Por toda respuesta recibió la sonora exclamación:
-          Chúpame la pirinola, pinche viejo.
-          Esto es un atropello-, reclamó nuevamente y enarboló el borrador, sin darse cuenta de que los guaruras del Chango Ortega, solícitos y diligentes, lo habían ya tomado de los brazos. Acto seguido le respondieron con mayor dureza, tenían órdenes y el antecedente de quién se trataba, por lo que no anduvieron con miramientos. Le espetaron:
-          Chinga tu madre, vetarro. Y recibió la primera patada en el escroto. Al caer al piso, todo se sucedió atropelladamente. Los cholos con plaza docente agolpados afuera del estacionamiento habían entrado deseosos de patear el cráneo de quien los había denunciado durante décadas.
-          Ya estuvo, ya estuvo, ya lo madrearon-,  gritó una gangosa voz con acento calentano. Se trataba del anciano  Chango Madrigal, quien en silla de ruedas había hecho acto de presencia para cobrar una venganza jurada hace treinta años, cuando lo envió a prisión por haberle desenmascarado un fraude.

En el piso, entre tierra, revolcado y con el rostro desfigurado, yacía Pedro Loza, quien cayó en intenso sopor, mientras filmina tras filmina recorría azarosa su memoria, como buscando el error cometido, el último fracaso que había desencadenado la reverenda madriza recién recibida. Si tal vez habrías nacido verdaderamente, habrías escogido otro destino, pero la impronta de las decisiones automáticas se agolparon como una combinación perfecta en un tablero de ajedrez mientras el vapor de la sangre manando por la nariz empañaba esos gruesos lentes.

Cuando despertó del torvo sueño en el que había sido convertido en pera de box, a pesar del dolor descubrió que no había sido para tanto: un par de costillas rotas, el rostro lastimado, una nariz entablillada y unos lentes rotos, pero el suplicio de no encontrar las respuestas a preguntas esenciales, de no haber sido capaz de vislumbrar por qué perdió todo y tuvo que aceptar trabajar dando clases en una primaria, por qué está ahora radicado en una mala historia el que el final le resulta amargo cuando después de todo se burló durante décadas de lo que ulteriormente se convirtió en un destino manifiesto, recibiendo la sardónica herencia de la plaza de su padre, fallecido entre cuitas inconsolables por su hijo más vulnerable, atribulado por no saber cómo lograría que aquel joven soberbio aceptase tomar un empleo seguro que le alejaría de ser desechado por los empresarios que lo manejaron a placer para ir en contra de su propia sangre, origen y cuna. Fue necesaria una mascarada para que la aceptase sin darse cuenta, e inevitablemente terminó comiendo del camino que su padre le marcó.
Nunca entendió por qué el tiempo se aceleró en su vida y fue incapaz de interpretar tal velocidad de acontecimientos, en los momentos en que empezó a vivir mecánicamente. Súbitamente recordó aquella iniciación que recibió hace muchos años, cuando intentó ser masón, como Juárez y Morelos. Fue cuando se sumó al grupo de los supervisores y jefes de sector, que lo invitaron a ser iniciado y un dineral le cobraron. Asimismo, una pistola en la cabeza le pusieron, pero no lograron evitar que dejara de burlarse de ellos. Jamás dejó de carcajearse a pesar de las promesas de oropel que le realizaron. Y tal vez por eso nunca progresó en el Arte Real. Insoportables le resultaron las prácticas de nigromancia y de oratoria placera, teniendo que aprender a permanecer cual cuervo embalsamado estáticamente imperturbable mientras los oradores en turno se sucedían uno tras otro en esas terribles tenidas. Tal vez el error estuvo ahí: en haber aceptado ingresar a donde nunca debió, en donde aprendió la irrealidad de lo cotidiano y lo simbólico de lo perenne. Tal vez porque sabe que volverá a nacer incontables ocasiones y que todo dolor es pequeño, se levantará una vez más de haber sido vapuleado.
Dicho y hecho, dos días después, al presentarse con sumisión al plantel, sus tumultuarios verdugos le permitieron tomar sus pertenencias, y le sugirieron empezar de nuevo junto al basurero al aire libre. Es decir,  construir, como hace treintaitrés años un cuartucho de palitos para que ahora será el Cuarto “C”.  Algún día logrará recuperar la credibilidad e imagen, reunir una vez más, alumnos entre los niños de la calle, entre los franeleros y los hijos de las prostitutas, para poder ejercer la maestría, demostrar en su gratuita oferta de enseñanza que a pesar de cambacear, sigue siendo todo un experto en el tema educativo.

A la mañana siguiente, el intenso olor de la costera y las corcholatas con clavo en medio regresaron a su memoria una vez más aquel copal que taladraba su nariz cuando estaba encapuchado y atado en un cuarto de reflexiones. Cuando pensaba cómo se acabarían su días, cuando escribía su testamento pensando en sus hijos. Justo rompió él mismo su expediente de la logia la última vez que fue Secretario y la ira lo encegueció al estar fresca la memoria de  la segunda ocasión en que le arrojaron sus propios hijos sus maletas a la calle.
Así, a pesar de los taladrantes recuerdos de volver a comenzar, de vivir una maldita vida palíndroma, concluyó su obra colocando un pedazo de cartulina naranja con marcador señalaba el destino. Mientras tanto, enfrente, hablaban de “consignas políticas”. Don Peter, el amigo del Chango Ortega señalaba que nada ha cambiado, que sigue existiendo un Michoacán paralelo, el de los migrantes, el del narco sevicia, el de los niños de la calle, y que en el turno de la tarde, el chueco cuartucho servirá de calabozo para los alumnos que se porten mal.

Pedro no ha construido el cuarto “C”. El sin saberlo ha construido al Cuarto “CNTE”, en donde los deseos de miles de personas deseos son abortados. No, dirán sus voces internas, no es tampoco el cuarto CNTE, es el Cuarto de Reflexiones, del que nunca terminé de salir. Tampoco es Pedro Loza, sino soy yo, quien teme al final del día no haber entendido en absoluto qué es ser iniciado, qué es ser un maestro, qué es ser un insecto inmóvil en la cama de un viejo hospital. El miedo a poseer la amargura de ser un hombre frustrado, ser un maestro que no pudo ser un aprendiz auténtico, que no tuvo el valor de trascender la pesada losa de los dueños de un masonismo que nunca fue masonería, de contemplar el éxito ajeno en lugar del esfuerzo propio para dejar de ser el aprendiz de hombre en que puedo llegar a convertirme si estoy dispuesto a vivir intensamente el sendero que está dispuesto.

Debe para ello morir el fantasma de convertirme en un triste vector que suma al equilibrio de un sistema  en el cual tarde o temprano somos sacrificables, prescindibles,  humo opaco en el que solamente unas paredes, y unos clavos mal puestos en la madera de la edificación del sistema podrán resentir nuestro hollín.

Morir a la muerte en negativo, que necesariamente implica ver desfallecer la mirada de perro viejo de tus seres queridos mientras te sientes sucumbir en la tristeza de una existencia vacía. Kafka no conoció las jubilaciones ni las muertes de generaciones concatenadas por la imposibilidad de lograr la felicidad o alcanzar la trascendencia humana. Para él ni para quienes porten una venda en los ojos la vejez tampoco logrará desenmascarar el vacío de la alteridad exitosa y en un espacio imposible de ocupar.

Un transgeneracional destino fracasado, una frustración global, vivir sin sentir, aspirar sin lograr, no obtener ni siquiera el mejor esfuerzo de uno mismo. Todo eso es lo que quisiera hacer morir antes de que el destino me vuelva a alcanzar, como en el primer tercio de mi vida. A eso y más debo enfrentarme, a un destino paralelo que pudiera volverse realidad cuando menos lo parezca. Morir es dejar de ser para vivir por los demás, dejar de educar para solazarme con el aprendiz timorato, dejar de enseñar para aprobar y ser aprobado, pensando en que el esfuerzo, aunque sea sordo y gris, es insensato cuando lastima la lección por aprender.

Eso y mucho más quiero que muera, para poder guardar el luto y respeto que me merece mi propio miedo, para poder sobreponerme a la inmanencia del fracaso, del destino trunco, de un sueño americano que deviene en pesadilla mexicana.


Or:. de Morelia, Michoacán, a 10 de noviembre de 2012, E:. V:.
Frat:.
 MDP
¡Es Cuanto!

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