TREINTA Y
TRES PASOS EN MICHOACÁN
Vine a Michoacán porque mi madre, ya apagándose, me dijo: «Ve donde se
acaban los caminos parejos y empieza el que sube. Ahí está la Piedra.» Me
llamaba Casimiro Cantera y llevaba al hombro un morral vacío, de ixtle, y un
hambre que no era de comida.
En el llano me alcanzó una voz de pasos contados.
—Treinta y tres son. Yo los cuento. Tú nomás los pisas. En cada uno
soltarás algo distinto.
Era Matías, el arriero, muerto desde antes de que yo naciera; nadie se lo
había dicho.
—¿Y qué se hace con lo que se suelta?
—Se le pone nombre. Lo que no tiene nombre no se suelta: se arrastra.
1º · Zinapécuaro
En Zinapécuaro el vapor de los pozos olía a azufre y a pan recién
abierto. Matías me puso en la mano un vidrio negro de obsidiana, tosco, con
bordes que mordían. —Piedra bruta que no sabe que es filo. Dudé de lo aprendido
y me corté. Primera resignación: el saber heredado. Rayé el morral con una
línea: «lo que corta».
La duda es el primer cincel.
Quien no se corta, no se abre.
2º · Paracho
En Paracho los talleres olían a cedro y abeto, y una mujer de rebozo azul
me alcanzó un violín sin barnizar. Cepillé una tapa y apreté de más; la madera
rechinó. —No la violentes —dijo el laudero—. Pídele. Segunda resignación: la
fuerza, vuelta dulzura. Tensé un cordel hasta que sonó: «lo que se afina».
Lo que se aprieta, se rompe.
Lo que se afina, suena.
3º · Tzintzuntzan
Entre las yácatas de Tzintzuntzan, mitad cuadro y mitad círculo, me
acosté en una tumba abierta. Me cubrieron de tierra tibia y oí mi nombre al
revés. —La vida y la muerte son una misma puerta —dijo Matías—, y no se la
entregues a la ignorancia ni a la hipocresía. Tercera resignación: la propia
vida. Dibujé un círculo abierto: «lo que vuelve».
Quien muere antes de morir
no teme que lo entierren.
4º · Cuitzeo
El lago de Cuitzeo se había retirado, y las mujeres vendían alegrías de
amaranto a la orilla del lodo seco. Me asomé a un charco y vi mi cara. —Tu
conciencia es juez sin sobornos —dijo Matías—. Cuarta resignación: la
aprobación ajena. Dibujé un óvalo con un punto: «lo que mira de vuelta».
No hay juez más fiel que tú.
No hay testigo más incómodo.
5º · Nuevo Parangaricutiro
En San Juan Nuevo la lava se tragó la iglesia, pero no la torre. Comí
tortillas azules frente a ella. —Lo que apunta arriba no se entierra —dijo
Matías—. Quinta resignación: el apuro. Dejé de pelear con el tiempo y dibujé
una torre sobre una línea: «lo que apunta».
Se hunde lo que dura un rato.
Lo eterno apenas se inclina.
6º · Churumuco
En Churumuco el Balsas arrastraba su sed y la gente esperaba sin decir
qué. Comí un mango con chile bajo un sombrero de palma. —Ignorancia, apatía,
hipocresía y ambición de los que mandan: las cuatro sedes del pueblo —dijo
Matías—. Sexta resignación: la mirada que se aparta. Con una espina marqué: «lo
que duele sin acostumbrarse».
El hambre que no pregunta
es la peor de las hambres.
7º · Quiroga
Quiroga olía a carnitas. Un viejo de poncho me preguntó: —¿Qué ley traes?
—La que me dieron. —Ésa es ajena; vale la que traías al nacer. Tata Vasco lo
supo antes que nadie. Séptima resignación: el capricho. Tracé una plomada: «lo
que no se escribe».
La ley escrita se olvida.
La que nace contigo, juzga.
8º · Salvador Escalante
En Santa Clara del Cobre mil martillos daban nombre al metal. Golpeé
hasta sacar un plato torcido, mío por primera vez. —La libertad es el vínculo
entre el trabajo y lo que se posee —dijo Matías—. Octava resignación: la
posesión. Marqué un punto dentro de un cuadro.
No es tuyo lo que tienes.
Es tuyo lo que haces.
9º · Jiquilpan
En Jiquilpan, bajo el mural de Orozco, me senté en el banco donde el
general miraba la tarde. Estaba tibio. —El que manda con permiso, manda sin
miedo —dijo Matías—, y acepta que le acorten las manos. Novena resignación: el
poder. Dibujé una silla vacía.
Quien manda con permiso
manda sin miedo.
10º · Zamora
En Zamora las fresas se iban al norte con los hombres que las sembraron.
Comí un chongo de leche y canela bajo las torres inconclusas de la catedral.
—Todo camino es de todos —dijo Matías—. Décima resignación: la frontera. Tracé
una flecha sin punta.
Todo camino es de todos.
Hay que ponerse a andar.
11º · Cherán
En Cherán ardían fogatas en cada esquina; los vecinos habían echado a los
traidores y se mandaban solos. Una vieja me ofreció su lumbre y su café de
olla. —La venganza más completa es el orden —dijo—. Undécima resignación: el
rencor. Dibujé tres piedras en círculo: «lo que arde junto».
Las lumbres juntas no se apagan.
El traidor siempre anda solo.
12º · Zitácuaro
En Zitácuaro, donde una Junta dijo que manda el pueblo, comí caldo de res
con chile verde y pagué entero. —Quien paga lo que usa, levanta lo que habita
—dijo Matías—. Duodécima resignación: lo propio que se vuelve común. Marqué un
triángulo.
Quien paga lo que usa
levanta lo que habita.
13º · Tingambato
En Tingambato me senté en la escalinata del templo viejo hasta que el sol
tocó el horizonte. —Todos los pueblos lo miraron antes de nombrar a sus dioses
—dijo Matías—, y nadie posee toda la luz. Decimotercera resignación: la
certeza. Dibujé un círculo con un punto, y con una abertura: «lo buscado».
Lo perdido no está lejos.
Se esconde en tu manera de buscar.
14º · Angangueo
En Angangueo las mariposas llegan sin pasaporte. Subí al santuario y
pensé de golpe lo que nunca me atreví a pensar; no pasó nada. —El miedo es un
permiso falso —dijo Matías—. Decimocuarta resignación: el miedo a pensar.
Dibujé unas alas.
El miedo es un permiso falso.
Piensa sin pedirlo.
15º · Hidalgo
En Ciudad Hidalgo, antes Taximaroa, frontera que vigilaba el oriente, un
hombre dormía en el portal. «Nada le pasa», dijeron. Fue la peor respuesta que
he oído. Decimoquinta resignación: la comodidad. Dibujé un ojo abierto.
Quien no vigila, duerme.
Quien duerme, es gobernado.
16º · Tlalpujahua
En Tlalpujahua pintaban esferas de vidrio donde el lodo de la mina había
sepultado medio pueblo. —¿Cuándo acaban? —Nunca; nomás se lo pasamos a otros.
Decimosexta resignación: el fruto. Crucé una espada y una llana: «la obra sin
dueño».
La obra cambia de manos.
Nadie la ve terminada.
17º · Uruapan
En Uruapan, donde el Cupatitzio brota de la Rodilla del Diablo, llegan al
tianguis de Domingo de Ramos los artesanos de todos los rumbos. Una mujer de
lacas me ofreció un lugar en su mesa. Decimoséptima resignación: la soledad.
Dibujé hilos cruzados: «lo que se une».
Uno solo es un hilo.
Muchos, una tela.
18º · Ario de Rosales
En Ario de Rosales llovió sin avisar, y bajo los portales no condené a
nadie; aquí Morelos instaló un tribunal. —Entre la sentencia y el abrazo, elige
el abrazo —dijo Matías—. Decimoctava resignación: el juicio. Dibujé una rosa
sobre una cruz.
Juzgar es fácil.
Amar es el oficio.
19º · Pátzcuaro
En Pátzcuaro tomé sopa tarasca frente a la biblioteca del mural, donde el
obispo fundó la primera escuela. —Un puente se tiende desde las dos orillas a
la vez —dijo Matías—. Decimonovena resignación: la prisa por la verdad. Dibujé
un puente.
Constructor de puentes,
no llegues primero.
20º · Madero
En Villa Madero, que fue Cruz de Caminos, el que presidía la mesa se
sirvió el último plato. —Quien preside, sirve —dijo Matías—. Vigésima
resignación: el privilegio. Dibujé una mesa con un lugar vacío y me senté al
final.
Quien preside, sirve.
Quien sirve, preside.
21º · Tacámbaro
En el cráter de La Alberca, tan quieto como un perdón, nombré en voz alta
un rencor viejo y lo arrojé al agua. —El agravio se entrega a la ley, no a la
furia —dijo Matías. Vigesimoprimera resignación: la venganza. Marqué una gota.
El agravio no se olvida.
Se entrega.
22º · Nahuatzen
En Nahuatzen un leñador de cara resinosa me prestó su hacha. —Castigo era
cuando otro mandaba; ahora cada golpe lleva mi firma. Partí leña hasta el
anochecer. Vigesimosegunda resignación: la queja. Tallé un hacha con su muesca.
La carga es maldición
hasta que la haces tuya.
23º · Coeneo de la Libertad
En Coeneo de la Libertad unos hombres me detuvieron sin papel ni razón.
Matías puso en mi mano un amparo. —La ley es escudo más fuerte que el puño.
Vigesimotercera resignación: la ira. Dibujé una mano abierta con un papel.
Quien se defiende con ley
no necesita odiar.
24º · Ocampo
En Ocampo un viejo me mostró las leyes de Reforma, amarillas, guardadas
en una caja de galletas. —Los muchachos tienen derecho a cambiarlas.
Vigesimocuarta resignación: lo heredado. Dibujé una hoja con un brote.
Quien cuida la ley vieja
es esclavo de los muertos.
25º · Carácuaro
En Carácuaro, donde el cura Morelos rompió cadenas que llamaban
costumbre, Matías dijo: —Las cadenas se rompen; el Misterio se mira, como la
serpiente de bronce. Vigesimoquinta resignación: dominar el Misterio. Dibujé
una serpiente alzada.
Hay cadenas que se rompen.
Hay misterios que se miran.
26º · Los Reyes
En Los Reyes, entre zarzamoras, tres reyes de color distinto se hincan
ante la misma cuna. —Te toca lo que no escogiste; lo demás, sí —dijo una niña.
Vigesimosexta resignación: la casta. Dibujé tres puntos en línea.
El destino es un cuarto.
La libertad, cómo lo amuebles.
27º · Sahuayo
En Sahuayo, ciudad de huaraches, vi a un hombre de cadena de oro hincarse
como cualquiera. —A ése también lo juzgan —dijo Matías. Vigesimoséptima
resignación: la inmunidad. Dibujé una corona inclinada.
Quien no soporta ser juzgado
no merece juzgar.
28º · Lázaro Cárdenas
En Lázaro Cárdenas el sol se metió al mar y la fundición le contestó. Un
ingeniero me explicó el acero; yo le conté de la obsidiana. —La razón se
comparte —dijo Matías. Vigesimoctava resignación: no pensar. Dibujé un sol
sobre agua.
Lo cierto se deja mirar.
Lo demás exige fe.
29º · Apatzingán
En Apatzingán, donde se escribió que el pueblo es soberano, dos hombres
discutían a gritos si Dios existía. —Igual de fanáticos —dijo Matías. Callé
entre ellos. Vigesimonovena resignación: el fanatismo. Tracé una espiral
abierta.
Definir lo infinito es limitarlo.
Negarlo, también.
30º · Turicato
En Puruarán, donde Matamoros perdió su última batalla, corté caña con un
machete prestado. —Se odia el error, no al que se equivoca —dijo Matías.
Trigésima resignación: el odio. Dibujé un machete envainado.
Filo sin templanza es herida.
Ira sin disciplina, locura.
31º · Acuitzio del Canje
En Acuitzio, lugar de culebras y de trueque, un juez sin toga dijo
llamarse camino. —Quien juzga es puente, no trono —dijo Matías.
Trigesimoprimera resignación: el trono del juez. Dibujé una balanza sin trono.
Quien juzga es camino.
Si se cree destino, se pierde.
32º · Tancítaro
En la cumbre del pico de Tancítaro sólo cabíamos cuatro. —Soldados de la
luz, no multitud —dijo Matías. Trigesimosegunda resignación: la masa. Dibujé un
triángulo de punta rota por una nube. No conté cuántos subieron; conté cuántos
llegaron.
No cuentes cuántos subieron.
Cuenta cuántos llegaron.
33º · Morelia
En Morelia la catedral alzó sus dos torres como las cabezas de un águila:
una mira lo que fue, la otra lo que será. —Ordo ab chao: el orden empieza por
uno mismo —dijo Matías—. Ahora se deja el paso. Trigesimotercera resignación:
el lugar mismo. Mis marcas se juntaron en un águila.
La espada no se desenvaina sin razón.
Ni se envaina sin honor.
Entonces entendí quién era Matías: el arriero fui yo; el que cuenta es el
que ya caminó. En la plaza había un muchacho con un bulto, preguntando por la
Piedra. Le di mi morral, lleno de marcas.
—Ve donde se acaban los caminos parejos —le dije—. Son treinta y tres. Yo
los cuento. Tú nomás los pisas.
—¿Y qué se hace con lo que se suelta?
—Se le pone nombre. Y se deja ir.
Sentí que mi sombra se iba con él. Quedé ligero. Dicen que, en Morelia, a
esa hora, todavía se oye un rumor de pasos contados.
Se rompe el sello por dentro.
Nada se pierde: se transmite.

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