jueves, 26 de marzo de 2026

 


La libertad de refundar “Melchor Ocampo”.

 


 

Hay una palabra que antecede a todas las demás en el vocabulario masónico. Una palabra que aparece antes que el mandil, antes que el mazo, antes que el compás. Una palabra que, si se retira del centro de nuestra obra, toda la construcción pierde sentido y propósito. Esa palabra es libertad.

 

Libertad es la primera piedra que colocamos cuando abrimos un taller. Libertad es la última herramienta que guardamos cuando lo cerramos. Y libertad es, también, el nombre secreto de lo que intentamos construir cada vez que un hombre cruza por primera vez el umbral de este Templo con los ojos vendados, buscando, precisamente, ver.

 

Esta noche, a dieciocho años de la refundación de esta Respetable Logia Simbólica "Melchor Ocampo 38", me permito mirar hacia atrás con gratitud y hacia adelante con convicción, para hablar de esa palabra que nos funda, que nos sostiene y que nos exige.

 

Melchor Ocampo entendió antes que muchos que la libertad tiene enemigos que se disfrazan de protectores. Supo que el mayor obstáculo para la emancipación humana reside con frecuencia dentro del propio ser humano: en el miedo disfrazado de prudencia, en la ignorancia disfrazada de fe, en la sumisión disfrazada de virtud. Por eso dedicó su vida entera a construir instituciones que pusieran a la razón por encima del dogma, al ciudadano por encima del súbdito, a la conciencia libre por encima de la conciencia tutelada.

 

Al llevar su nombre, esta Logia contrajo una deuda. Una deuda hermosa y exigente. Una deuda que se paga trabajando, pensando, formando, cuestionando. Y dieciocho años de trabajo sostenido son prueba de que esta comunidad de obreros ha honrado esa deuda con seriedad y con amor.

 

Cuando esta Logia fue refundada, lo fue desde la convicción de que los espacios de pensamiento libre tienen que existir, especialmente cuando el entorno los dificulta. Refundar fue un acto de libertad en sí mismo. Fue decirle al tiempo, a la inercia y al olvido que aquí había hombres dispuestos a reencender la llama, aunque el viento soplara en contra. Que había voluntades capaces de tender el cordel de nuevo sobre un tablero que parecía en desuso. Que la Masonería, lejos de ser una reliquia del siglo XIX, es una necesidad permanente de toda sociedad que aspira a la dignidad.

 

Refundar es, en el lenguaje más profundo del arte real, un acto de libertad colectiva. Y la libertad colectiva comienza siempre en la libertad individual: en el momento en que un hombre decide pensar por sí mismo, hacerse responsable de sus actos y comprometerse con algo más grande que su propio beneficio.

 

A lo largo de estos dieciocho años, la libertad ha habitado este Templo de tres maneras distintas y complementarias, como tres columnas que sostienen una misma bóveda.

 

La primera es la libertad de conciencia. Este taller ha sido, desde su refundación, un espacio donde la palabra se ejerce sin dogma y la pregunta vale más que la respuesta. Donde los Hermanos han aprendido que dudar es un signo de inteligencia, que revisar las propias convicciones es una forma de valentía, y que la tolerancia hacia quien piensa distinto es la medida más honesta de la propia madurez intelectual. Formar hombres capaces de cuestionar, en una sociedad que con frecuencia premia la obediencia automática, es un acto profundamente libertario. Cada vez que en este recinto se ha levantado una voz para decir lo que otros callan, la libertad ha ganado terreno.

 

La segunda es la libertad que nace de la educación. Ocampo, Juárez, todos los grandes hombres cuya sombra nos acompaña supieron que la ignorancia es el primer muro que aprisiona al ser humano, y que instruir es liberar. Esta Logia ha sembrado en sus miembros la convicción de que educar, en la familia, en la comunidad y en el espacio público es la forma más noble de trabajar por la libertad ajena. Cuando un Hermano de esta Logia defiende la educación laica, cuando lleva a su hijo a la biblioteca antes que, al fanatismo, cuando forma ciudadanos antes que feligreses, está siendo masón fuera del Templo. Y eso, Hermanos, es lo único que verdaderamente nos define.

 

La tercera es la libertad como responsabilidad cívica. La libertad que se atesora en privado y se oculta en público termina por marchitarse. La libertad es un músculo que requiere ejercicio constante. En dieciocho años, los miembros de esta Logia hemos comprendido que el Taller es una fragua, y que lo que se forja aquí está destinado a transformar el mundo de afuera. Cada Hermano que vota con conciencia, que exige transparencia, que defiende el Estado laico, que denuncia la injusticia desde su trinchera profesional o comunitaria, está extendiendo el mandil más allá de estas columnas. Está construyendo libertad donde la libertad más se necesita.

 

Dieciocho años. En términos humanos, es la edad en que un joven adquiere la mayoría de edad, la edad en que se vuelve responsable ante la ley y ante la historia. Hay una poética hermosa en que esta Logia celebre hoy, precisamente, esa edad simbólica. Porque esta comunidad ha alcanzado su mayoría de edad masónica: ha sobrevivido las pruebas del tiempo, ha perdido y ganado Hermanos, ha atravesado momentos de bonanza y de estrechez, y ha permanecido. Ha permanecido porque la libertad que la anima es más fuerte que las circunstancias que la rodean.

 

Lo que hemos construido en dieciocho años es difícil de medir con instrumentos convencionales, porque la obra más importante de la Masonería es invisible a los ojos del profano. Hemos construido hombres mejores, que es la primera y más difícil de todas las obras. Hemos construido vínculos de fraternidad genuina que trascienden el origen social, la profesión y la ideología, porque en este Templo todos son iguales ante la Escuadra. Hemos construido un espacio de diálogo en una época que privilegia el monólogo y el algoritmo. Y hemos mantenido encendida la convicción de que una sociedad más libre es posible, siempre que haya hombres dispuestos a pagarle el precio.

 

Cada aniversario es también un umbral. Es el momento en que la mirada hacia el pasado se convierte en impulso hacia el futuro. Y desde este umbral de dieciocho años, lo que esta Logia tiene para ofrecer al porvenir es exactamente lo mismo que ha tenido siempre: la libertad como brújula, la educación como herramienta, la fraternidad como método y la verdad como horizonte. Porque la libertad es una obra que jamás se termina. Es un trazado que se renueva en cada tenida, en cada grado que se confiere, en cada Aprendiz que desbasta su piedra por primera vez y entiende, quizás sin saberlo todavía, que ese desbaste es el primer gesto de un hombre que ha decidido ser libre. Mientras haya en esta tierra un solo hombre que necesite de la fraternidad para ser libre, y de la libertad para ser hombre, esta Logia tendrá razón de existir. Y mientras esta Logia exista, la llama que Melchor Ocampo encendió con su vida y su pensamiento seguirá proyectando su luz sobre el tablero donde seguimos, pacientemente, trabajando.




F R A T E R N A L M E N T E

“Labor Omnia Vincit”

Or .·. de Morelia, Michoacán, a 25 de marzo de 2026,  E .·. V .·.

 

 

Mas.∙. de Pants.∙.  

¡Es Cuanto!

miércoles, 4 de marzo de 2026

 

         


El Legado Traicionado: Carta a los Aprendices

 

Mis queridos hermanos,  permitidme hablaros esta noche con la franqueza que merece quien todavía conserva la capacidad de indignarse ante la injusticia.

 

Habéis jurado sobre el Volumen de la Ley Sagrada defender la libertad, combatir la tiranía y ser fieles a vuestros hermanos. Son palabras hermosas, ¿verdad? Palabras que resuenan en el pecho y encienden el espíritu. Pero, dejadme contaros una historia incómoda que debería ser enseñada en cada logia, pero que demasiado a menudo se esconde en el silencio.

 

 El 20 de enero de 2026, en Davos, un primer ministro pronunció un discurso que sacudió las conciencias del mundo. Mark Carney, líder de Canadá, habló de algo que los masones deberíamos reconocer inmediatamente: la diferencia entre vivir la verdad y vivir dentro de la mentira.

 

Carney citó a Václav Havel, aquel dramaturgo checo que desafió el totalitarismo soviético. Havel contaba la historia de un tendero que cada mañana colocaba un letrero en su ventana: "¡Trabajadores del mundo, uníos!". No creía en ello. Nadie creía en ello. Pero colocaba el letrero de todas formas: para evitar problemas, para señalar obediencia, para sobrevivir. Havel llamaba a esto "vivir dentro de la mentira".

 

Hermanos, dejadme preguntaros algo incómodo: ¿Cuántas logias masónicas son ese tendero? ¿Cuántas veces hemos colocado nuestros carteles proclamando "Libertad, Igualdad, Fraternidad" mientras cenábamos con tiranos? ¿Cuántas veces hemos recitado rituales sobre combatir el despotismo mientras firmábamos contratos con déspotas? ¿Cuántas veces hemos proclamado la fraternidad universal mientras abandonábamos a hermanos perseguidos? Hemos sido el tendero de Havel. Hemos vivido dentro de la mentira masónica.

 

Hace más de siete siglos, el Gran Maestre de los Caballeros Templarios ardió en una hoguera. Jacques de Molay, traicionado por aquellos que debieron protegerlo, torturado hasta confesar crímenes inexistentes, finalmente gritó su inocencia mientras las llamas consumían su cuerpo. Su crimen no fue herejía ni blasfemia, como proclamaba el rey Felipe IV de Francia. Su verdadero crimen fue tener poder que otros codiciaban y riquezas que otros deseaban.

 

Pero aquí está la verdad que raramente se cuenta completa: De Molay no fue traicionado solo por el rey Felipe IV de Francia. Fue abandonado por sus propios hermanos templarios que, para salvar sus vidas y propiedades, guardaron silencio o testificaron contra él.

 

Cuando el poder político necesitó sus bienes, cuando la conveniencia superó al honor, la hermandad se disolvió como humo. El Papa Clemente V, quien debió defender a los templarios, eligió su propia seguridad. Los nobles que habían jurado protección miraron hacia otro lado. Y De Molay murió no solo traicionado por sus enemigos, sino abandonado por quienes debieron ser sus aliados. Sus hermanos templarios vivían dentro de la mentira. Proclamaban juramentos sagrados, pero cuando llegó el momento de defenderlos a costa de sus privilegios, quitaron discretamente sus mantos blancos y miraron hacia otro lado. ¿Ha cambiado algo?                                                                                                                                            

Nosotros, en el Rito Escocés, invocamos a De Molay. Tenemos grados que llevan su nombre. Pronunciamos discursos sobre su martirio. Pero cuando un hermano enfrenta la tiranía moderna, cuando un masón es perseguido por defender sus principios, ¿dónde está la Orden? ¿Dónde están los Grandes Inspectores que se proclaman herederos de los antiguos caballeros?

 

Lo sabemos: negociando con los nuevos Felipe IV, protegiendo sus propios intereses, esperando a que el hermano perseguido esté muerto para entonces y solo entonces, honrar su memoria.

 

Dejadme llevaros más cerca en el tiempo y en el espacio. Hablemos de un hermano mexicano, un masón cuyo nombre muchos de vosotros conocéis: Melchor Ocampo.

 

Ocampo no fue un masón de salón. No fue de esos que asisten a tenidas para hacer contactos comerciales o presumir de grados. Fue un verdadero hermano, un hombre que creyó sinceramente que la masonería existía para transformar la sociedad, combatir el fanatismo y construir una nación libre.

 

Redactó las Leyes de Reforma. Luchó por separar la Iglesia del Estado cuando hacerlo significaba la excomunión y la muerte. Defendió la libertad de conciencia cuando las balas conservadoras cazaban liberales en los caminos. Y cuando lo capturaron, cuando lo llevaron a fusilar en aquella mañana del 3 de junio de 1861, ¿sabéis quiénes estaban entre sus ejecutores? Hombres que habían asistido a las mismas logias que él, quienes callaron como momias y no actuaron con prestancia para acudir en su auxilio.

 

Eran masones conservadores que decidieron que su lealtad al partido, a la Iglesia o al dinero, era más importante que su juramento fraternal. Ocampo murió traicionado no solo por sus enemigos políticos, sino por aquellos que habían compartido el mandil con él y no lo salvaron.

 

Y mientras moría, mientras su sangre masónica empapaba la tierra mexicana, ¿qué hicieron las Grandes Logias? ¿Qué proclamaron los masones de todos los grados? Algunos enviaron condolencias póstumas. Otros guardaron silencio prudente. Ninguno arriesgó su posición para salvarlo. Eran tenderos colocando letreros de "Fraternidad" mientras dejaban que cargaran los fusiles.

 

Aquí es donde el discurso de Carney en Davos ilumina nuestra crisis masónica con una claridad brutal. Escuchad sus palabras y aplicadlas a nuestra Orden. Carney dijo que cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad, aceptamos lo que se nos ofrece, competimos entre nosotros para ser los más complacientes. Esto no es soberanía, afirmó, es un performance de soberanía mientras aceptamos la subordinación.

 

Así, la masonería institucional ha estado ejecutando un performance de principios mientras acepta la subordinación.

 

Cuando un dictador masón gobierna, las logias negocian bilateralmente con él. No unidos, no desde los principios, sino individualmente, compitiendo por ser las más complacientes. Se ofrece silencio a cambio de una mejor sede. La Logia Empresarial le ofrece legitimidad a cambio de contratos gubernamentales y le ofrece grados honoríficos a cambio de protección institucional. Mero performance de principios mientras aceptamos la subordinación al poder.

 

Carney habló de cómo las naciones medias prosperaron bajo el orden internacional basado en reglas, pero sabiendo siempre que la historia de ese orden era parcialmente falsa, que los más fuertes se exentarían a sí mismos cuando fuera conveniente. Hermanos, ¿no es exactamente, así como funciona nuestro "principio" de "reconocer a los gobiernos legalmente constituidos"? Es nuestra coartada perfecta. Cualquier tirano, una vez consolidado en el poder, se vuelve un "gobierno legalmente constituido". Cualquier golpe de Estado, una vez exitoso, se vuelve la "nueva autoridad legítima". Cualquier dictador masón, mientras tenga el poder, es "reconocido" por la Orden.

 

Y cuando cae, cuando ya no puede dañarnos, entonces sí, entonces lo expulsamos póstumamente y proclamamos que siempre estuvimos del lado de la libertad.

 

Carney advirtió sobre esto cuando dijo que, si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de reglas y valores por la búsqueda sin trabas de su poder e intereses, las ganancias del transaccionalismo se volverán más difíciles de replicar. La masonería abandonó la pretensión hace décadas. Ahora somos puramente transaccionales: apoyamos al poder mientras nos beneficia, y lo condenamos cuando ya es seguro hacerlo.

 

Pero aquí, es donde Carney nos ofrece un camino de redención. Porque su discurso no fue solo una denuncia de la subordinación; fue un llamado a la acción para quienes nos negamos a vivir en la mentira. Carney preguntó: ¿Qué significaría para las potencias medias vivir la verdad? Primero, dijo, significa nombrar la realidad. Nombremos nuestra realidad masónica, hermanos. Decimos en la mónita del primer grado que nos dedicamos al estudio de la verdad.

 

La realidad es que la masonería institucional, especialmente en su jerarquía se ha protegido a dictadores masones o profanos mientras aquellos perseguían a otros masones. La realidad es que el principio de reconocer gobiernos se ha usado como excusa para la complicidad con la tiranía. La realidad es que las expulsiones póstumas son marketing institucional, no justicia masónica. La realidad es que muchos masones han priorizado sus intereses económicos sobre sus juramentos fraternales. La realidad es que la Orden ha traicionado repetidamente a sus propios mártires, de De Molay a Ocampo, de Allende a los desaparecidos argentinos.

 

Nombrar esta realidad es incómodo. Os hará impopulares en ciertas logias. Pero como dijo Carney citando a Havel: cuando incluso una persona deja de actuar, cuando el tendero quita su letrero, la ilusión comienza a agrietarse. Carney hizo un llamado urgente: en un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por favores, o combinarse para crear un tercer camino con impacto.

 

Hermanos: vosotros sois las potencias medias de la masonería. No tenéis el poder institucional de los grados 33. No controláis las finanzas de las Grandes Logias. No tenéis acceso a los salones donde se negocian las complicidades. Pero Carney también dijo que no deberíamos permitir que el ascenso del poder duro nos ciegue al hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas permanecerá fuerte, si elegimos ejercerlo juntos. Si elegimos ejercerlo juntos. Ahí está la clave, hermanos. Carney ofreció a las naciones medias una elección clara, tomemos la misma elección en términos masónicos.

 

Podéis elegir vivir dentro de la mentira. Podéis ascender en los grados, memorizar rituales, pagar cuotas y asistir a banquetes. Podéis colocar vuestro letrero de "Libertad, Igualdad, Fraternidad" en la ventana del templo cada tenida. Podéis deciros a vosotros mismos que sois masones de verdad porque conocéis las palabras de pase y los signos secretos. Y cuando un hermano sea perseguido por defender principios masónicos, podéis invocar: "La Orden no interviene en asuntos políticos." Y cuando un dictador masón sea finalmente derrocado, podéis participar en su expulsión póstuma y sentiros virtuosos.

 

Podéis ser el tendero de Havel, viviendo cómodamente dentro de la mentira. O podéis hacer lo que Carney urgió al mundo: es tiempo de que compañías y países quiten sus letreros y encuentren un camino diferente. Podéis quitar el letrero de la mentira seudomasónica.

 

¿Qué significa esto? Significa ser masones de verdad, no actores en un teatro esotérico. Significa que cuando recitéis "combatimos la tiranía", realmente lo haréis. Significa que cuando juréis "fraternidad", defenderéis a vuestros hermanos perseguidos, aunque os cueste. Significa que cuando se os pida que guardéis silencio ante la injusticia masónica, hablaréis.

 

Significa que construiréis lo que Carney llamó un nuevo orden que abarque nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, desarrollo sostenible, solidaridad, soberanía e integridad territorial. Un nuevo orden masónico que abarque nuestros valores auténticos: defensa real de la libertad, fraternidad práctica no solo ritual, coherencia entre templo y mundo profano. Es tiempo de vivir la verdad masónica, no de actuar en la mentira.

 

La cadena de unión que formamos en cada tenida es hermosa. Pero solo es genuina si estamos dispuestos a sostener a nuestros hermanos cuando el mundo les suelta la mano. De lo contrario, es solo una coreografía ritual. Los grados que ascenderéis están llenos de enseñanzas sublimes. Pero recordad siempre: un grado sin coherencia moral es solo un título vacío, un letrero más en la ventana del tendero.

 

Podéis llegar al grado 33 y ser parte del problema que describí esta noche, otro tendero colocando letreros en los que no cree. O podéis quedarnos en el grado de Aprendiz toda vuestra vida, pero ser verdaderos masones, alguien que quitó su letrero y eligió vivir la verdad.

 

La luz que buscamos en la masonería existe. Pero no la encontraréis en los grados superiores ni en los rituales elaborados. La encontraréis en el espejo, cuando podáis miraros sin vergüenza. La encontraréis cuando defendáis a un hermano perseguido, aunque os cueste. La encontraréis cuando elijáis la coherencia sobre la conveniencia. La encontraréis cuando comprendáis que el verdadero templo masónico no se construye con columnas y piedras, sino con vidas vividas según los principios que proclamamos.

 

Y la encontraréis cuando, como Carney urgió a las naciones medias, reconozcáis que podemos darnos a nosotros mismos mucho más de lo que otros puedan quitarnos. Podemos darnos la dignidad de ser masones auténticos. Nadie puede quitárnosla excepto nosotros mismos cuando elegimos vivir dentro de la mentira.

 

 ¿Quitaréis vuestros letreros? ¿O perpetuaréis la mentira por otra generación? La elección, como siempre, es vuestra. Pero ahora al menos sabéis la verdad: que podéis construir algo mejor, si elegís ejercer ese poder juntos. Que la verdadera luz masónica ilumine vuestro camino y que el fuego Sagr.·. de nuestros ideales nunca se extinga.

 

 

F R A T E R N A L M E N T E

“Labor Omnia Vincit”

Or .·. de Morelia, Michoacán, a 04 de marzo de 2026,  E .·. V .·.

 

 

 

MDP::  M.∙. Mas.∙.  

 

¡Es Cuanto!