La alegoría albañilesca que sostiene todo nuestro edificio Simb.·. nos plantea, tarde o temprano, una serie de cuestionamientos: ¿cabe? ¿es perfecta? ¿nos ha bastado, o nos ha rebasado ya el propio signo de los tiempos que corre fuera del Temp.·.?
La construcción de un Temp.·., con Aarq.·. y Mm.·. ha resultado un vehículo extraordinariamente fértil durante tres siglos de Mas.·. Espec.·. Pero cabe preguntarnos, sin herejía y con toda la seriedad que merece el método Mas.·., si esa alegoría era la única posible, o si simplemente fue la que la historia puso a disposición de los fundadores del siglo XVIII.
La respuesta es doble. No, la alegoría albañilesca no era inevitable: pudimos habernos construido, con la misma potencia simbólica, sobre el oficio del cocinero que transforma lo crudo en alimento, sobre el ama de casa que sostiene el orden invisible de cada día, sobre el campesino que confía la semilla a una tierra que no controla, sobre el chofer que conduce a otros sin perderse él mismo, sobre el policía o el soldado que arriesgan el cuerpo por un pacto colectivo, sobre el maestro que talla conciencias en vez de piedras, sobre el ingeniero, el contador, el consultor, el cerrajero que abre lo cerrado, o el padre y la madre de familia que edifican, ladrillo a ladrillo de paciencia, la única obra que verdaderamente nadie más terminará por ellos.
Análogamente, podríamos reunirnos en un gimnasio, para desbastar el cuerpo en bruto; en un spa, en una mesa de negocios, en una cancha de fútbol, ante un tablero de ajedrez o en una taberna estilo inglés del Siglo XVIII. Nos forjaríamos, seguramente. Pero, nuestro camino es el de la Mas.·. Espec.·.
También, en el futuro, cabrán alegorías y rituales en el ejercicio del oficio de programador de ADN y en el del metaestratega de la era de la inteligencia artificial, capaz de visualizar realidades y materializarlas, en una metagobernanza de conciencias. Habrá ahí Mas.·., en los oficios del futuro. Estemos seguros de ello.
Y, sin embargo, sí: hasta ahora, la alegoría de la construcción pudo perfectamente sostener todo el edificio, y lo ha sostenido con una eficacia que ningún otro oficio ha demostrado tener en tres siglos de práctica ritual ininterrumpida. En esa doble respuesta: pudo ser otro oficio, y aun así fue perfecto que fuera este, consiste exactamente la distancia entre lo trivial y lo ritual.
Lo trivial es el oficio ejercido sin conciencia de su propio Simb.·. : la P.·. picada solo para cobrar el jornal, la comida hecha solo para llenar el estómago, el expediente firmado solo para cumplir el trámite. Lo ritual es ese mismo gesto, exactamente el mismo, ejecutado con la conciencia de que en él se juega algo más que su utilidad inmediata: una ley, una virtud o un vínculo con lo trascendente.
La Mas.·. no inventó esa distancia; la reveló, la nombró y le dio un método para cultivarla de manera deliberada y no accidental.
Si aceptamos que cualquier oficio pudo servir de soporte Aleg.·., entonces la pregunta que verdaderamente nos concierne no es ya por qué la albañilería, sino qué es, en el fondo, nuestro gremio hoy. ¿Qué nos une, más allá de la profesión que cada uno ejerce fuera del Temp.·.? ¿Qué virtudes nos distinguen de quienes ejercen el mismo oficio sin el paso por la Cam.·. de Refl.·.? ¿Qué es, en definitiva, lo más Sagr.·. que compartimos? La respuesta es que nuestro gremio no es un oficio, sino un método aplicado a todos los oficios.
De la Mas.·. aprendemos un marco conceptual propio, ciertas posturas epistemológicas determinadas, como el escepticismo metódico, el respeto por la evidencia, la desconfianza ante el dogma no examinado y, sobre todo, un método hermenéutico: es decir, una manera disciplinada de leer los Ssimb.·. que laten en cualquier actividad humana y de traducirlos en Trab.·. interior.
Con ese método cada Q.·. H.·. desarrolla una Mas.·. personalizada, ajustada a su propia existencia y a su propio contexto profesional, familiar y social.
Pensar Mas.·. respecto de la profesión cotidiana significa, entonces, preguntarse qué escuadra y qué compás rigen el oficio propio; qué Ppal.·. Ssagr.·. pronuncian quienes lo ejercen con excelencia; qué ley universal se manifiesta en sus reglas técnicas y qué Ssimb.·. se esconden bajo su superficie aparentemente Prof.·. Entonces, también significa mirar la propia profesión con la misma seriedad hermenéutica con que miramos la escuadra y el compás sobre el Ara: no como herramienta neutra, sino como texto a descifrar.
Si algo revela un recorrido por los treinta y tres grados es que la Mas.·. jamás trabajó un solo oficio. Trabajó, bajo el disfraz de una alegoría constructiva, prácticamente todos los oficios humanos: el juicio, la administración, la investigación, la diplomacia, la milicia, la medicina, la ley y la filosofía.
La P.·.B.·. es solo la primera metáfora de una cadena mucho más larga que termina, en el Gr.·. 33°. Desde esa óptica, nuestro verdadero gremio, entonces, no es el de los canteros medievales, sino el de quienes se comprometen a ejercer cualquier oficio con seriedad ritual.
La concentración en lo que hacemos resulta, en efecto, la clave de todo lo anterior. No basta con reconocer intelectualmente que nuestro oficio Prof.·. contiene Ssimb.·. Mmas.·.; hace falta trabajar esa conciencia de manera sostenida, con la misma disciplina con que se pule la P.·. B.·.
Esa es, a fin de cuentas, la diferencia última entre lo trivial y lo ritual: mucho más que el oficio que se ejerce, la profundidad trascendente con que se practica. En reconocer la importancia de nuestro gremio reside en buena medida la cotidiana práctica de nuestra Mas.·. No lo olvidemos: el trabajo todo lo vence. Redoblemos nuestro esfuerzo y afinemos nuestra concentración. Que el G.·. A.·. D.·. U.·. ilumine nuestros Ttrab.·. y nos permita elevar nuestro nivel de consciencia.







