A.∙. L.∙. G.∙. D.∙. G.∙. A.∙. D.∙. U.∙.
R.∙. L.∙. S.∙. “Melchor Ocampo 38” No. 17
Jurisd.∙. a la M.∙. R.∙. G.∙. L.∙. M.∙. “Lázaro Cárdenas” del R.∙. E.∙. A.∙. y A.∙.
S.∙. F.∙. U.∙.
V.∙. M.∙.
Vv.∙. Hh.∙. Pr.∙., Vig.∙.
Vv.∙. Hh.∙. Ppastm.∙.
Qq.∙. Hh.∙. Ttod.∙.
La vela: luz en la oscuridad
El hombre libre y de buenas costumbres que cruza por primera vez el umbral de la Cámara de Reflexiones no lo hace como el obrero que entra a un taller conocido, sino como un viajero que penetra en una caverna cuya profundidad desconoce. Lleva consigo los hábitos del mundo profano: la prisa, el análisis superficial y la tendencia a tratar cada experiencia nueva con las herramientas viejas que ya posee. La oscuridad del recinto lo detiene. El silencio lo desconcierta. Y entonces, en medio de ese desconcierto que es ya, aunque él no lo sabe todavía, el comienzo de la iniciación, una pequeña llama se alza entre los objetos que lo rodean y le ofrece lo único que en ese instante necesita: un punto de luz en la penumbra que es también un punto de orden en el caos interior.
Ese punto de luz es la vela de la Primera Cámara. No está ahí por razones decorativas ni por inercia de la tradición. Está ahí porque sin ella la Cámara de Reflexiones sería únicamente una habitación oscura; pero, una lóbrega covacha no produce iniciados: produce, en el mejor de los casos, personas asustadas. La vela transforma la oscuridad en penumbra significativa, y la penumbra significativa es la condición exacta que el trabajo iniciático requiere: suficiente sombra para que el mundo exterior desaparezca, suficiente luz para que el mundo interior comience a volverse visible.
La Cámara de Reflexiones del Rito Escocés Antiguo y Aceptado es un espacio cargado de simbología y vida. En sus paredes se encuentran la calavera: lo efímero de la vida, el reloj de arena: el paso irreversible del tiempo, los tres principios alquímicos del azufre, la sal y el mercurio y la inscripción que cifra el propósito de todo el grado: V.I.T.R.I.O.L., acrónimo latino de Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem, que invita al candidato a descender al interior de la tierra, de su propio mundo interior para encontrar allí la piedra oculta de su ser verdadero. En ese espacio, la vela es la fuente que hace posible la lectura de todos los demás.
Sin la vela, la calavera es invisible. Sin la vela, el VITRIOL no puede leerse. Sin la vela, las preguntas que el rito masónico deposita sobre la mesa del candidato permanecen en la oscuridad sin respuesta posible. La vela, en la Cámara de Reflexiones, tiene la misma función que el maestro tiene en el taller: no sustituye el trabajo del aprendiz, pero lo hace posible. Ilumina lo que hay que mirar y deja en sombra lo que todavía no es tiempo de ver.
El error más frecuente que el Aprendiz comete con la vela de la Primera Cámara es tratarla como lo que parece a primera vista: una fuente de luz. Si la vela es únicamente una lámpara, cualquier lámpara podría sustituirla, y el rito masónico habría optado por la luz eléctrica hace mucho tiempo. La vela no es una lámpara. Es un instrumento de transmutación que requiere, para funcionar como tal, la participación activa de quien la contempla. Esa participación activa se llama intención, y sin ella la llama alumbra el espacio físico pero no alumbra el interior del candidato.
Al encenderla, estamos comunicando a nuestro Ser Interno nuestra intención de trabajar interiormente. Es una forma de invocar a nuestro Maestro Interior. Al apagarla, cerramos el período de Ritual.
La intención debe ser mucho más que un deseo vago o una declaración piadosa. En el lenguaje del REAA:., la intención es equivalente al trazado arquitectónico: antes de que el maestro de obras levante un muro, el arquitecto ha construido el plano con exactitud matemática. El Aprendiz que entra a la Cámara de Reflexiones y contempla la vela encendida sin haber formulado para sí mismo con precisión el propósito de ese momento no está trabajando: está presente en el lugar correcto pero ausente del trabajo que ese lugar convoca. La diferencia entre ambas condiciones es exactamente la diferencia entre el profano y el iniciado.
Cuando el Aprendiz aprende a encender la vela de su Primera Cámara con plena consciencia sosteniendo la vela entre las manos antes del encendido, formulando interiormente el propósito del trabajo, observando nacer la llama en silencio y depositando en ese instante de surgimiento del fuego la intención ya construida, descubre que la pequeña llama hace al menos cuatro cosas simultáneamente que ningún otro elemento del rito puede realizar por separado.
Ancla su atención dispersa en un punto vivo que la sostiene sin encadenarla. Crea en el espacio físico de la Cámara un templo en miniatura, reproduciendo la geometría sagrada de la Logia con sus tres luces y su orientación hacia el Este. Sostiene con su calor el proceso de transmutación interior que el Pr:. Gr:. inaugura y que todos los grados siguientes continuarán. Y demarca con precisión el tiempo sagrado: el instante en que la llama nace es el instante en que el mundo profano queda fuera de trabajos, y el instante en que el apagavelas desciende sobre ella es el instante en que el mundo profano puede reingresar. Entre esos dos instantes, el Aprendiz no es un hombre en el mundo: es un obrero en el Templo.
No usar la vela como debe usarse tiene consecuencias que el Aprendiz raramente percibe de inmediato, porque el daño del descuido ritual no es ruidoso sino silencioso. El candidato que pasa por la Cámara de Reflexiones sin haber aprendido a contemplar la llama con intención puede responder correctamente las preguntas del rito, redactar su testamento filosófico con lucidez aparente y salir de la Cámara con la impresión de haber completado el trabajo. Sin embargo, algo esencial no habrá ocurrido: el fuego no habrá tocado el interior del hombre, y la piedra bruta seguirá siendo, bajo la capa de las respuestas correctas, exactamente tan bruta como cuando entró.
La vela mal usada: encendida sin ceremonia, contemplada sin atención o apagada con un soplo profano, reproduce en el espacio ritual el gesto más contrario a la iniciación: la prisa.
Soplar una vela es el acto de quien quiere que todo termine rápido. El rito masónico prescribe el apagavelas precisamente porque la iniciación no termina rápido: termina cuando el trabajo está hecho, cuando el silencio ha hablado, cuando la llama ha consumido en el iniciado algo que ya no debería seguir ardiendo en él.
El Aprendiz que aprende a usar debidamente la vela de su Primera Cámara adquiere, sin saberlo todavía en el primer grado pero sintiéndolo ya desde esa primera noche, una capacidad que lo acompañará a lo largo de todos los grados siguientes: la capacidad de estar completamente presente en el espacio donde se trabaja.
Esa presencia no es un logro místico reservado a los iluminados: es una habilidad técnica que se aprende exactamente como se aprende a usar la escuadra o el compás, mediante la práctica repetida de un gesto preciso hasta que el gesto se vuelve segunda naturaleza.
La llama es vivificante y ritual, mientras que la luz eléctrica tiene siempre algo de artificial. Un verdadero Templo debería estar iluminado solamente por llamas de vela o lámparas de aceite.
Además, el Aprendiz que intencionó bien su vela sale con una experiencia que no puede adquirirse de otra manera: la experiencia de haber habitado el silencio durante el tiempo suficiente para que el silencio comenzara a hablar. Ese primer habla del silencio, por breve e imprecisa que sea, es la semilla de todo el trabajo interior que los treinta y dos grados siguientes cultivarán. Sin esa semilla, sin ese primer encendido correcto, el árbol del iniciado crece sin raíz.
El Aprendiz que desee hacer de la vela de su Primera Cámara el instrumento que el rito masónico le propone debe aprender tres gestos y practicarlos hasta que sean suyos. El primer gesto es el de la preparación: antes de encender, sostendrá la vela entre las palmas de ambas manos, cerrará los ojos y formulará con la mayor precisión posible el propósito del trabajo que está por comenzar. Una pregunta genuina, una dificultad que busca claridad, un símbolo que reclama meditación: cualquier propósito honesto sirve, siempre que sea específico y presente.
El segundo gesto es el del encendido: observará nacer la llama con los ojos plenamente abiertos, sin apartar la mirada del momento exacto en que el fuego surge, porque ese instante de surgimiento es el símbolo más perfecto que el rito puede ofrecerle del umbral entre lo profano y lo sagrado.
El tercer gesto es el del apagado: descenderá el apagavelas sobre la llama desde arriba, en silencio, y permanecerá así al menos un instant antes de retomar las actividades ordinarias, porque es tiempo lo que hace falta para que lo sembrado en la llama comience su trabajo en la oscuridad del interior.
La Mas:. no promete al Apr:. que encontrará la verdad al final de un camino largo. Le promete algo más honesto y más difícil: que el camino mismo es la verdad, y que cada herramienta que recibe, como la escuadra, el nivel, el compás, el mandil o la vela misma es una fracción de esa verdad que solo se vuelve entera cuando el Apr:. la usa con la intención para la que fue entregada. La vela de esta cámara no es la última vela que encenderá en su vida masónica: es la primera de las treinta y tres que se le confiarán si persevera. Pero ninguna de las siguientes arderá correctamente si la primera ardió sin atención, sin intención y sin el respeto que merece el fuego que, desde el principio de los tiempos, ha sido la imagen más perfecta que la humanidad ha encontrado para nombrar lo que no puede nombrarse.
El Aprendiz que entiende esto entiende el primer grado en su totalidad. No porque haya memorizado sus fórmulas ni dominado sus gestos rituales, sino porque ha comprendido que la pequeña llama que arde en la oscuridad de la Cámara de Reflexiones es exactamente lo mismo que la luz que el rito masónico lleva siglos prometiendo a quienes tienen el valor de buscarla: la misma, en el mismo instante, en el mismo lugar, si el hombre que la contempla tiene la disposición de recibirla.
F R A T E R N A L M E N T E
“Labor Omnia Vincit”
Or .·. de Morelia, Michoacán, a 27 de mayo de 2026, E .·. V .·.
MDP:. , M.∙. Mas.∙.
¡Es Cuanto!



