miércoles, 26 de agosto de 2026

Cuidar nuestras fuerzas.

      

 

Cuidar nuestras Fuerzas

“En Él la F.·.”

Lit.·. del Gr.·. de Apr.·.

 

Este Traz.·. busca invitar a la reflexión sobre una ley que, aunque silenciosa, gobierna todo esfuerzo de perfeccionamiento humano: la limitación de la F.·. vital y la necesidad de administrarla con disciplina.

 

La energía se manifiesta en nosotros y nos dota de muchos tipos de fuerzas, entendidas como la capacidad de preservar un trabajo, por lo que nos coloca en un sendero de autorrealización del cual no saldremos hoy sin estar seguros de que nuestra obra está con el G.·. A.·. D.·. U.·. De aquí no nos iremos pensando en haber gastado nuestras Ff.·. en vano.



 

Por ello, bajo esta óptica, desde la perspectiva del Pr.·. Gr.·. se pretende mostrar que el verdadero Trab.·. Inic.·. no comienza por adquirir mayores Ff.·., sino por aprender a no derrocharlas. Porque solamente después de dominada esta economía resulta posible aspirar a transmutar lo grosero en sutil, la P.·. Br.·. en P.·. Cub.·..

 

Se busca además que esta reflexión trascienda el plano Simb.·. y se convierta en método concreto de conducta, aplicable tanto dentro del Temp.·. como en la vida Prof.·. que todo Apr.·. habita mientras concluye su formación.

 

Dice J. Jaime Ayala Ponce, en su ya clásica obra, la Mon.·. Del Gr.·. de Apr.·. que, “los Ttrab.·. tienen por objeto sembrar la duda Fil.·. en el espíritu del Inic.·., haciéndole tocar con el dedo la esclavitud en que ha vivido, despertando en su corazón el sentimiento de su propia dignidad e impulsándolo al estudio de la verdad, libre de preocupaciones”.

 

Justo ahi, es preciso detenernos a hablar de esclavitud, la cual es definida como una “condición en la que un ser humano es considerado como propiedad legal de otro, perdiendo su Lib.·. y sus derechos fundamentales”, pudiendo ser comprado, vendido y, sobre todo, explotado; así también, perdiendo control sobre su Trab.·., su vida o su cuerpo, eliminando todos los derechos básicos de igualdad y autonomía.

 

Desde una perspectiva Mas.·., la explotación de un esclavo implica el usufructo de sus recursos vitales sin el justo pago de una contraprestación, de un Sal.·.

 

Entonces, no solamente el latifundista que chasqueaba látigos sobre las espaldas de seres a quienes consideraba de su legítima propiedad es un esclavista, sino también toda actividad, institución o persona, sustancia o grupo que explota a alguien sin brindarle Sal.·., sin respetar su Lib.·., ni sus derechos.

 

En el R.·. E .·. A .·.  y A.·.  buscamos, mediante el Rit.·. asegurarnos de que, todo Apr.·. que atraviese por vez Pr.·. el umbral del Templ.·., cargue consigo la certeza que sus Ff.·., por vigorosas que parezcan, tienen límite. La Cam.·. de Rrefl.·., con su calavera y su reloj de arena, no fue dispuesto por casualidad en el camino del neófito.


 

Allí se le recuerda, sin palabras, que el tiempo y la energía de que dispone no son infinitos, sino un capital preciso que el G.·. A.·. D.·. U.·. ha puesto en sus manos para la obra de su propia construcción.

 

El testamento Fil.·.  que redacta antes de su Inic.·., la oscuridad que atraviesa durante los viajes Ssimb.·., el Jur.·. que pronuncia sobre el Lib.·. de la Ley., todo conduce a una misma verdad primordial: el hombre no dispone de recursos ilimitados para transformarse, por lo que, quien ignora esta ley trabaja a ciegas, desgastando sus Hher.·. antes de haber levantado Col.·. alguna.

Entonces, este Traz.·.  parte de una pregunta que todo iniciado debe formularse tarde o temprano: si nuestra F.·. vital resulta limitada, qué camino nos queda para emprender un Trab.·. interior de tal magnitud.

 

La respuesta, lejos de desalentar, resulta esperanzadora. Todo hombre en condiciones normales posee ya la energía suficiente para comenzar. Lo que falta no es más F.·., sino la sabiduría de no malgastar la que se tiene. Nuestros Aant.·. Hh.·. constructores de catedrales, comprendían esta ley mejor que nosotros. Ningún bloque de P.·. se extraía de la cantera sin cálculo previo, ninguna viga se labraba sin considerar su función exacta dentro del conjunto, porque la abundancia aparente de materiales jamás excusó la imprevisión del Arq.·. De la misma manera, el Mas.·. que aspira a edificar su Temp.·. Int.·. debe reconocer que su energía vital exige idéntico rigor al que exigimos a la cantera: nada se toma de más, nada se desperdicia, todo se ordena hacia la Ob.·.



 

Antes de ascender, el Apr.·. debe descender a la inspección honesta de sí mismo. Es esta la Pr.·. y más difícil de las tareas, porque exige mirar de frente aquello que preferiríamos ignorar. Observará entonces cuánta F.·. vital escapa a diario por grietas que apenas percibe. Se pierde en emociones estériles, en la angustia anticipada frente a desgracias que quizá jamás lleguen a suceder, en el mal humor que ensombrece la jornada sin motivo verdadero, en la prisa que nada edifica y en la irritabilidad que corroe como el óxido corroe el metal descuidado. Se pierde también en la imaginación ociosa y en el ensueño que aleja al hombre de la vigilancia sobre sí mismo, sustituyendo el Trab.·. real por fantasías que jamás habrán de construir nada tangible.

 

Advertirá, además, que sus propios centros internos, el pensar, el sentir y el actuar, laboran con frecuencia torcidos, como el cantero que golpea la P.·. sin Esc.·. ni Pl.·., desperdiciando el esfuerzo en tensiones que ninguna relación guardan con la obra que se propone realizar. Notará cuánta F.·. se consume en la habladuría perpetua, en ese interés disperso que regalamos a personas y sucesos ajenos a nuestro verdadero Trab.·., y en el desgaste constante de la atención, facultad que el Apr.·. debiera aprender a proteger como su Pr.·. y más valiosa herramienta de labor.

 

El Rito nos enseña, a través del silencio impuesto durante ciertos momentos de la Ten.·., que la Pr.·. economía verdadera es la del ruido interior. Solamente quien aprende a acallar la dispersión de sus pasiones comienza a acumular el capital Simb.·. que después habrá de invertir en su Perf.·. Esta fuga silenciosa de energía es comparable a la cantera explotada sin método, aquella que agota el yacimiento antes de haber extraído siquiera la P.·. útil que la obra reclama.

 

Cuando el Apr.·. comienza a combatir estos hábitos de dispersión, ahorra sin proponérselo una cantidad considerable de su F.·. vital, por lo que, con ese excedente puede emprender, sin fatiga inútil, la tarea de conocerse y perfeccionarse. La Esc.·., Simb.·. de rectitud, y el Comp.·., Simb.·. de la medida J.·., dejan entonces de ser meros instrumentos tallados en metal para convertirse en método de vida. La Esc.·. endereza la conducta dispersa, corrige el ángulo torcido de nuestros impulsos, mientras el Comp.·. traza el límite exacto entre lo que se gasta sin provecho y lo que se conserva con propósito claro.



 

Esta eficiencia no debe confundirse jamás con avaricia. Se trata, por el contrario, de sabiduría constructiva. Así como el Arq.·. no malgasta el metal precioso en ornamentos superfluos cuando la estructura misma reclama firmeza, el iniciado no malgasta su F.·. vital en pasiones que en absoluto edifican su Temp.·. interior. La verdadera riqueza Mas.·. no se mide por la cantidad de energía que un hombre posee, sino por la proporción que sabe conservar y encauzar hacia un fin justo.

Sin embargo, llegado cierto punto del camino, el Apr.·. que ha equilibrado su conducta hasta cierto grado, y comprobado que posee más F.·. de la que suponía, reconoce con humildad que esa cantidad todavía resulta insuficiente frente a las metas más altas que la Orden reserva para los Ggr.·. venideros. Comprende entonces que la simple economía, siendo necesaria, no basta por sí sola. Es preciso, además, aumentar la producción misma de energía, que dota de F.·. interior, y no limitarse a conservar lo poco que naturalmente se genera.

 

Aquí se revela un principio que nuestra Trad.·. hermética recoge de la Tabla de Esmeralda: separad lo sutil de lo denso, de lo grosero. El ser humano puede compararse a una fábrica cuya labor consiste en transformar la materia prima recibida del mundo exterior en una sustancia más fina y elevada. Recibe, como el candidato recibe el metal que ha de entregar antes de su Inic.·., elementos toscos que provienen del exterior, y su función consiste en refinarlos mediante procesos internos complejos hasta convertirlos en algo superior.

 

En las condiciones ordinarias de la vida Prof.·., sin embargo, esa fábrica apenas produce lo indispensable para sostenerse a sí misma. Todo cuanto de sutil elabora se dilapida sin provecho en el simple mantenimiento de la maquinaria corporal, sin alcanzar jamás los estados superiores de conciencia que la iniciación promete, ni activar las facultades más elevadas que el Trab.·. Mas.·. busca despertar en cada H.·. Es esta la tragedia silenciosa del hombre común: produce lo suficiente para vivir, pero jamás lo suficiente para transformarse.

 

Si el Apr.·., ya disciplinado en la economía de su energía, lograra además llevar su fábrica Int.·. al máximo de su rendimiento posible, comenzaría entonces a atesorar ese excedente refinado. Cada tejido y cada fibra de su ser, se iría impregnando gradualmente de esa sustancia sutil, cristalizándola poco a poco en virtud constante, del mismo modo en que la P.·. Br.·., golpe a golpe, año tras año, se transforma en P.·. Cub.·. Perf.·. bajo el Cinc.·. paciente del Ob.·.

 

Conviene recordar que esta economía de la F.·. vital no constituye un ejercicio meramente individual, encerrado en la vanidad del perfeccionamiento personal. Se proyecta, por el contrario, hacia la Log.·. entera y hacia la sociedad Prof.·. que aguarda, sin saberlo, la Luz que los Ttal.·. Mmas.·. están llamados a irradiar. Un H.·. que ha aprendido a no derrochar su energía en la vanidad, en la ira o en el ocio estéril, dispone de mayor caudal para consagrarlo a la obra colectiva: el estudio constante, la ayuda fraterna, la construcción paciente del Temp.·. de la humanidad que nuestra Or.·. persigue desde tiempos inmemoriales.

El Apr.·. que comprende esta ley desde su Pr.·. Gr.·. camina con ventaja sobre quien la ignora. No porque posea mayores dones naturales, sino porque ha aprendido, desde el Pr.·. golpe de Cinc.·., a no malgastar un solo esfuerzo. Esta es, en última instancia, la enseñanza más valiosa que puede extraerse del símbolo de la P.·. Br.·.: no se trata de una P.·. distinta a las demás, sino de la misma P.·. de Apr.·. que todos poseemos, trabajada con la paciencia y la economía que solamente la disciplina Mas.·. enseña a cultivar.

 

Así, en el ajedrez de la vida, en la atmósfera Mas.·., tenemos un panóptico de ejemplos: en los cuadros blancos, vemos Ggr.·. ejemplos de personas que han sido iniciadas y que han construido biografías virtuosas, legados enteros y son ejemplos vivientes. Aprendemos, de ellos, como de los Ggr.·. Iinic.·..

 

En contraste, en los cuadros negros, hemos visto personas que han ingresado a la Mas.·. en búsqueda de poder, de saciar su instinto, su ego, sus inseguridades, sus ambiciones. Hemos visto sepulcros blanqueados, Mm.·. caídos que no viven sino para sí mismos, desperdiciando todos los recursos que caen en sus manos, derrochando, particularmente, su salud y su energía vital. Hemos contemplado a quienes solo llegan y se alimentan de lo que otros han producido; solo piden y buscan en privado a los Qq.·. Hh.·. para involucrarlos en negocios indignos, para inducirlos al vicio, para ofrecerles, como en la Lit.·. Ajefista se señala: ruleta, baraja y dados. Siendo no solamente la descripción de un H.·. invisible, sino de un mal amigo incluso en lo Prof.·.. De ellos debemos cuidarnos, evitarlos, alejarlos de nuestra Ara.

 


 

De cuanto queda expuesto se desprende una enseñanza que el Apr.·. haría bien en grabar junto a sus Ppr.·. luces: la F.·. vital no es un don que se derrocha, sino un capital Sagr.·. que se administra con la misma disciplina que exigimos a la cantera y al Tal.·.. Ningún edificio se sostiene si el cimiento no comprende, desde el Pr.·. momento, que la economía precede siempre a la abundancia y que, solamente quien ha aprendido a no malgastar un solo golpe de Cinc.·. puede aspirar, con el tiempo, a transmutar lo grosero en Luz.

 

Esta ley, lejos de limitarse a los muros del Temp.·., acompaña al Apr.·. cuando regresa a la vida Prof.·., donde las mismas fugas de energía, la impaciencia, el temor anticipado, la habladuría vana, continúan acechando su jornada. El verdadero Trab.·. Mas.·. consiste, precisamente, en llevar esta vigilancia más allá de la Ten.·., convirtiendo cada instante de la existencia cotidiana en oportunidad de economía y refinamiento.

 

Que este Pr.·. Gr.·. no se recuerde entonces solamente como el de la P.·. B.·. sino también como el de la Pr.·. lección de economía interior: la que enseña que todo lo Ggr.·. que hemos de construir depende, ante todo, de aquello que sabemos no desperdiciar.

 



Que cada Apr.·. que hoy escucha estas palabras las lleve consigo como precepto y con base en su sistema Mas.·. individual, lo convierta en método vivo de conducta, hasta que la economía de su F.·. vital se convierta, con el tiempo y el Trab.·. constante, en la P.·. angular sobre la cual habrá de erigirse todo su edificio Int.·.

 

 

 

F R A T E R N A L M E N T E

“Labor Omnia Vincit”

Or .·. de Morelia, Michoacán, a 26 de agosto de 2026,  E .·. V .·.

 

 

 

MDP,  M.∙. Mas.∙.  

 

¡Es Cuanto!

Y Tomás aprendió a economizar…

 

A.∙. L.∙. G.∙. D.∙. G.∙. A.∙. D.∙. U.∙.


Y Tomás aprendió a economizar…

 

Cuentan que hubo un joven llamado Tomás, hijo de canteros, que un día dejó su aldea con las manos vacías y el corazón lleno de preguntas. Su padre, antes de despedirlo, le dijo una sola frase: quien no aprende a guardar, termina por perderlo todo. Tomás no entendió entonces el peso de esas palabras, pero las guardó consigo como se guarda una herramienta pequeña que todavía no sabe para qué sirve.


EL PRIMER SILENCIO.  Antes de que nadie le enseñara oficio alguno, encerraron a Tomás en un cuarto oscuro y le dejaron a solas con una piedra sin forma y con su propio pensamiento. Nadie le habló durante horas. Cuando por fin salió de aquel encierro, comprendió la primera lección sin que se la explicaran: el silencio guardado a tiempo ahorra las palabras que después se lamentan. Aprendió a callar antes de hablar, a medir cada frase como se mide un golpe de cincel sobre la piedra bruta, y descubrió que ese silencio, lejos de empobrecerlo, era ya su primer ahorro.

LA MEDIDA DEL CAMINO. En su primer viaje, un caminante viejo le enseñó a medir la distancia antes de recorrerla, a llevar la cuenta exacta de las provisiones y del tiempo. Tomás comprendió que quien estudia el camino antes de andarlo ahorra las vueltas inútiles que da el que avanza a ciegas. Guardó esa lección junto a la primera, y notó que su morral, todavía ligero, ya pesaba de sabiduría.

EL JARDÍN QUE NO MORÍA. Llegó a un jardín donde un árbol antiguo perdía sus hojas cada otoño y volvía a florecer cada primavera. El jardinero le dijo que temer la caída de las hojas era desconocer la ley del árbol. Tomás aprendió entonces a ahorrarse el duelo prolongado por lo que debía terminar, comprendiendo que toda despedida bien llevada es también una siembra. Desde ese día dejó de aferrarse a las ramas secas y guardó su pena solamente el tiempo justo.

EL VIGÍA CALLADO. Un guardián nocturno le mostró cómo observar sin ser visto, cómo guardar en el pecho lo que veía sin repetirlo en la plaza. Tomás entendió que la discreción ahorra las enemistades que provoca la lengua suelta, y aprendió a mirar mucho y a comentar poco.

EL TALLER ORDENADO. En un taller donde cada herramienta tenía su sitio exacto, un maestro le enseñó que el orden ahorra el tiempo que se pierde buscando lo que el descuido extravió. Tomás comenzó a ordenar también sus días, y notó que las horas le alcanzaban para más de lo que antes creía posible.

EL GUARDIÁN DE CONFIDENCIAS. Un hombre le confió un secreto y después, dolido, le contó cómo otro secreto suyo había sido traicionado por quien no merecía su confianza. Tomás aprendió a elegir con cuidado a quién entregaba su intimidad, ahorrándose así las amistades falsas y las confidencias mal entregadas que tanto cuestan de reparar.

 


EL ÁRBITRO DE LA ALDEA. Presenció un pleito entre vecinos que un anciano resolvió sin apresurarse, escuchando primero a ambas partes. Tomás comprendió que juzgar con calma antes de actuar ahorra los litigios que la precipitación siembra, y desde entonces aprendió a contar hasta diez antes de tomar partido en cualquier disputa.

EL ARCA DEL PUEBLO. Conoció a quien administraba los graneros comunes, repartiendo con prudencia lo que en tiempos de abundancia se había reunido. Tomás aprendió que administrar bien lo material no es mezquindad sino responsabilidad hacia el mañana, y comenzó a guardar con cuidado lo poco que ganaba, sabiendo que ese pequeño ahorro sería la semilla de su libertad futura.

EL HOMBRE QUE SOLTÓ SU RENCOR. Un viajero le contó cómo había perdido a su padre por la mano de otro, y cómo cargó el rencor durante años hasta que comprendió que ese veneno lo enfermaba más a él que a su ofensor. Tomás aprendió que ahorrarse el resentimiento prolongado libera una energía que de otro modo se consume en silencio durante toda una vida.

LA VIGA ENTRE MUCHOS. Vio a quince vecinos levantar juntos una viga que ninguno hubiera podido cargar solo. Tomás comprendió que compartir el peso de una tarea difícil ahorra el desgaste de quien insiste en cargarlo todo en soledad, y aprendió a pedir ayuda sin sentir que ello disminuía su valor.

EL ARTESANO PACIENTE. Trabajó junto a un artesano cuya obra nadie elogiaba, pero que seguía trabajando con la misma dedicación. Años después, esa obra fue la más admirada de la comarca. Tomás aprendió a ahorrarse la envidia y la comparación constante, confiando en que el mérito verdadero llega a su tiempo sin necesidad de reclamarlo.

MEDIR DOS VECES. Un constructor le enseñó a medir dos veces antes de cortar una sola. Tomás aprendió que la precisión previa ahorra la corrección posterior, y que la prisa mal entendida siempre termina costando más tiempo del que pretendía ganar.

LA PALABRA GUARDADA. Escuchó hablar de una palabra tan importante que se guardaba bajo llave hasta el día en que pudiera comprenderse sin daño. Tomás entendió que no toda verdad debe decirse de inmediato, y que reservar ciertas palabras para el momento oportuno ahorra malentendidos que la premura provoca sin remedio.

EL NOMBRE QUE NO SE MANCHA. Conoció a un anciano cuyo único orgullo, después de una vida entera, era poder decir que su nombre seguía limpio. Tomás comprendió que ningún bien material compensa la pérdida de la propia integridad, y que ahorrarse los excesos que corrompen el carácter es la forma más alta de conservar riqueza.

EL CAUTIVERIO QUE DEBÍA TERMINAR. Permaneció un tiempo atado a un trabajo que ya no le enseñaba nada, hasta que comprendió que cierto cautiverio, cumplido su propósito, debe abandonarse. Tomás aprendió a reconocer el momento del regreso, y a ahorrarse los años que se pierden aferrándose a lo que ya debió quedar atrás.

EL MURO ENTRE OPOSITORES. Ayudó a reconstruir un muro mientras algunos vecinos se oponían a la obra. Un maestro paciente lo guio para negociar antes que enfrentarse. Tomás aprendió que la paciencia diplomática ahorra las batallas que la confrontación directa habría multiplicado sin necesidad.

EL LIBRO QUE EL TIEMPO ABRIRÍA. Le mostraron un libro sellado que nadie podía leer todavía. Tomás comprendió que medir los agravios pequeños contra la escala de lo eterno ahorra la angustia desproporcionada, y aprendió a relativizar lo que en el momento parecía insoportable.

 


LA ROSA Y SU ESPINA. Una mujer le enseñó a cuidar un rosal, advirtiéndole que regarlo en exceso lo ahogaba tanto como no regarlo. Tomás aprendió que la generosidad también debe medirse, y que ahorrar la propia luz para repartirla con constancia vale más que agotarla de una sola vez. Mientras que, conoció a un ave esplendorosa, la cual tomaba de su pecho jirones de su piel para alimentar con ese ahorro a sus crías. Los bienes son para remediar los males, por lo que la caridad vibra superiormente al ahorro y se ejerce hasta el dolor.

EL PEREGRINO QUE DEJÓ DE DISCUTIR. Encontró a un peregrino que había abandonado las disputas sobre lo que nadie puede demostrar ni refutar. Tomás aprendió a ahorrarse las discusiones estériles sobre lo indemostrable, dejando espacio a lo que pertenece legítimamente al misterio.

EL MAESTRO QUE ENSEÑABA CON EL EJEMPLO. Sirvió bajo un maestro de oficio que jamás regañaba, pero cuya sola conducta corregía a sus aprendices. Tomás comprendió que dirigir con el ejemplo ahorra la necesidad de la reprimenda, y procuró desde entonces que sus actos hablaran antes que sus palabras.

EL GRANO GUARDADO A TIEMPO. Un labrador previsor le mostró sus graneros llenos justo antes de una tormenta que arrasó los campos vecinos. Tomás aprendió que la previsión oportuna ahorra las pérdidas totales que sufre quien no se prepara, y comenzó a guardar siempre algo para los días difíciles.

EL LEÑADOR LIBRE. Trabajó junto a un leñador que, con sus propias manos, se ganaba el pan sin depender de la voluntad ajena. Tomás aprendió que el trabajo digno ahorra la incertidumbre de la dependencia, y que la libertad más segura es la que se sostiene con el propio esfuerzo.

EL GUARDIÁN SIN NOMBRE. Conoció a quien cuidaba un santuario sin que nadie supiera su nombre, sirviendo sin buscar reconocimiento alguno. Tomás aprendió que servir sin esperar aplauso ahorra el desgaste de la vanidad insatisfecha, y encontró en ese servicio silencioso una paz que el elogio nunca le había dado.

LA COSECHA QUE NO SE ADELANTA. Un campesino le enseñó a esperar el tiempo exacto de la cosecha, sin arrancar el fruto verde por ansiedad. Tomás aprendió que la espera confiada ahorra la desesperación de quien quiere forzar los resultados antes de tiempo.

MIRAR DE FRENTE LA HERIDA. Le enseñaron que ciertas heridas solamente sanan cuando se las mira de frente en lugar de evitarlas. Tomás aprendió que confrontar un problema, una relación agotadora o un asunto pendiente ahorra el sufrimiento prolongado que produce la evasión constante, y que posponer la cura solo agranda el mal.

EL RESCATE PROPIO. Conoció a un hombre que había pagado el rescate de varios cautivos y que, al final de su vida, aprendió a hacer lo mismo por sí mismo, perdonando sus propios errores. Tomás comprendió que ahorrarse la autoexigencia excesiva es liberar una cautividad interior más severa que cualquier condena externa.

LA PUERTA CON LLAVE. Un guardián le enseñó a poner puertas y llaves a lo que era suyo, en lugar de dejarlo abierto a cualquiera. Tomás aprendió que los límites claros ahorran las invasiones futuras al tiempo y a la paz propios, y comenzó a decir con firmeza lo que antes callaba por cortesía mal entendida.



LA LUZ QUE EVITA TROPIEZOS. Un caminante ciego por la ignorancia tropezaba una y otra vez en el mismo sendero, hasta que aprendió a buscar la claridad antes de avanzar. Tomás comprendió que la búsqueda constante de la verdad ahorra los años de confusión que la ignorancia sostenida prolonga sin necesidad.

LOS DOS PEREGRINOS. Vio a dos peregrinos de creencias distintas ayudarse mutuamente a cruzar un río crecido. Tomás aprendió que la alianza compartida ahorra las batallas que de otro modo se libran en absoluta soledad, y que la diferencia de credo importa menos que la voluntad de auxiliarse.

LA CORONA QUE NO LE PERTENECÍA. Un hombre poderoso renunció, ante sus propios ojos, a una corona que le costaba más de lo que le daba. Tomás comprendió que renunciar a la vanidad ahorra las cadenas que impone la ambición mal entendida, y que la libertad y el ahorro del espíritu son, en el fondo, una misma conquista.

EL JUEZ QUE SE EXAMINÓ PRIMERO. Antes de juzgar una falta ajena, un anciano juez se examinó primero a sí mismo con el mismo rigor que exigiría al acusado. Tomás aprendió que perfeccionar la propia conducta antes de señalar la ajena ahorra los reproches que provoca quien exige a otros lo que no practica.

EL SECRETO QUE NINGÚN PODER OTORGA. Un maestro anciano le confió que el secreto más real de todos no estaba escrito en ningún libro, sino en la capacidad de gobernar las propias pasiones. Tomás comprendió que dominar el impulso desordenado, la ira y el apetito sin freno, es la forma más alta de ahorro, pues reserva para el bien mayor la energía que de otro modo se malgasta en un instante.

EL ANCIANO QUE LLEGÓ COMPLETO. Al final de sus años, Tomás se convirtió él mismo en el maestro que otros jóvenes buscaban al comienzo de su camino. Miró hacia atrás y comprendió que había llegado a la vejez conservando intacto lo que verdaderamente importaba, su nombre, su palabra, sus afectos verdaderos, precisamente porque en cada encuentro de su vida había aprendido a soltar a tiempo lo que no merecía conservarse.



Supo entonces que la última de las treinta y tres economías era esta: haber llegado hasta el final sin haberse perdido en el camino.

A los jóvenes que hoy comienzan, como una vez comenzó Tomás, frente a la piedra bruta y el silencio, se les entrega apenas la primera de estas treinta y tres economías. Las demás no se enseñan de golpe ni se explican antes de tiempo: se descubren, como Tomás las descubrió, una por una, en el camino que cada uno ha de recorrer por sí mismo. Baste saber, desde ahora, que ahorrar nunca significó guardar por avaricia, sino guardar por libertad, y que quien aprende a hacerlo llega, como Tomás, completo a su propia vejez, ya sin contar la edad.

 

 

 

F R A T E R N A L M E N T E

“Labor Omnia Vincit”

Or .·. de Morelia, Michoacán, a 26 de agosto de 2026,  E .·. V .·.

 

 

MDP, M.∙. Mas.∙.

 

¡Es Cuanto!

miércoles, 5 de agosto de 2026

Nuestro Gremio, nuestra Masonería.

 



La alegoría albañilesca que sostiene todo nuestro edificio Simb.·. nos plantea, tarde o temprano, una serie de cuestionamientos: ¿cabe? ¿es perfecta? ¿nos ha bastado, o nos ha rebasado ya el propio signo de los tiempos que corre fuera del Temp.·.?



La construcción de un Temp.·., con Aarq.·. y Mm.·. ha resultado un vehículo extraordinariamente fértil durante tres siglos de Mas.·. Espec.·. Pero cabe preguntarnos, sin herejía y con toda la seriedad que merece el método Mas.·., si esa alegoría era la única posible, o si simplemente fue la que la historia puso a disposición de los fundadores del siglo XVIII.


La respuesta es doble. No, la alegoría albañilesca no era inevitable: pudimos habernos construido, con la misma potencia simbólica, sobre el oficio del cocinero que transforma lo crudo en alimento, sobre el ama de casa que sostiene el orden invisible de cada día, sobre el campesino que confía la semilla a una tierra que no controla, sobre el chofer que conduce a otros sin perderse él mismo, sobre el policía o el soldado que arriesgan el cuerpo por un pacto colectivo, sobre el maestro que talla conciencias en vez de piedras, sobre el ingeniero, el contador, el consultor, el cerrajero que abre lo cerrado, o el padre y la madre de familia que edifican, ladrillo a ladrillo de paciencia, la única obra que verdaderamente nadie más terminará por ellos.


Análogamente, podríamos reunirnos en un gimnasio, para desbastar el cuerpo en bruto; en un spa, en una mesa de negocios, en una cancha de fútbol, ante un tablero de ajedrez o en una taberna estilo inglés del Siglo XVIII. Nos forjaríamos, seguramente. Pero, nuestro camino es el de la Mas.·. Espec.·.

También, en el futuro, cabrán alegorías y rituales en el ejercicio del oficio de programador de ADN y en el del metaestratega de la era de la inteligencia artificial, capaz de visualizar realidades y materializarlas, en una metagobernanza de conciencias. Habrá ahí Mas.·., en los oficios del futuro. Estemos seguros de ello.





Y, sin embargo, sí: hasta ahora, la alegoría de la construcción pudo perfectamente sostener todo el edificio, y lo ha sostenido con una eficacia que ningún otro oficio ha demostrado tener en tres siglos de práctica ritual ininterrumpida. En esa doble respuesta: pudo ser otro oficio, y aun así fue perfecto que fuera este, consiste exactamente la distancia entre lo trivial y lo ritual.


Lo trivial es el oficio ejercido sin conciencia de su propio Simb.·. : la P.·. picada solo para cobrar el jornal, la comida hecha solo para llenar el estómago, el expediente firmado solo para cumplir el trámite. Lo ritual es ese mismo gesto, exactamente el mismo, ejecutado con la conciencia de que en él se juega algo más que su utilidad inmediata: una ley, una virtud o un vínculo con lo trascendente.


La Mas.·. no inventó esa distancia; la reveló, la nombró y le dio un método para cultivarla de manera deliberada y no accidental.


Si aceptamos que cualquier oficio pudo servir de soporte Aleg.·., entonces la pregunta que verdaderamente nos concierne no es ya por qué la albañilería, sino qué es, en el fondo, nuestro gremio hoy. ¿Qué nos une, más allá de la profesión que cada uno ejerce fuera del Temp.·.? ¿Qué virtudes nos distinguen de quienes ejercen el mismo oficio sin el paso por la Cam.·. de Refl.·.? ¿Qué es, en definitiva, lo más Sagr.·. que compartimos? La respuesta es que nuestro gremio no es un oficio, sino un método aplicado a todos los oficios.


De la Mas.·. aprendemos un marco conceptual propio, ciertas posturas epistemológicas determinadas, como el escepticismo metódico, el respeto por la evidencia, la desconfianza ante el dogma no examinado y, sobre todo, un método hermenéutico: es decir, una manera disciplinada de leer los Ssimb.·. que laten en cualquier actividad humana y de traducirlos en Trab.·. interior.


Con ese método cada Q.·. H.·. desarrolla una Mas.·. personalizada, ajustada a su propia existencia y a su propio contexto profesional, familiar y social.

Pensar Mas.·. respecto de la profesión cotidiana significa, entonces, preguntarse qué escuadra y qué compás rigen el oficio propio; qué Ppal.·. Ssagr.·. pronuncian quienes lo ejercen con excelencia; qué ley universal se manifiesta en sus reglas técnicas y qué Ssimb.·. se esconden bajo su superficie aparentemente Prof.·. Entonces, también significa mirar la propia profesión con la misma seriedad hermenéutica con que miramos la escuadra y el compás sobre el Ara: no como herramienta neutra, sino como texto a descifrar.





Si algo revela un recorrido por los treinta y tres grados es que la Mas.·. jamás trabajó un solo oficio. Trabajó, bajo el disfraz de una alegoría constructiva, prácticamente todos los oficios humanos: el juicio, la administración, la investigación, la diplomacia, la milicia, la medicina, la ley y la filosofía.


La P.·.B.·. es solo la primera metáfora de una cadena mucho más larga que termina, en el Gr.·. 33°. Desde esa óptica, nuestro verdadero gremio, entonces, no es el de los canteros medievales, sino el de quienes se comprometen a ejercer cualquier oficio con seriedad ritual.


La concentración en lo que hacemos resulta, en efecto, la clave de todo lo anterior. No basta con reconocer intelectualmente que nuestro oficio Prof.·. contiene Ssimb.·. Mmas.·.; hace falta trabajar esa conciencia de manera sostenida, con la misma disciplina con que se pule la P.·. B.·.




Esa es, a fin de cuentas, la diferencia última entre lo trivial y lo ritual: mucho más que el oficio que se ejerce, la profundidad trascendente con que se practica. En reconocer la importancia de nuestro gremio reside en buena medida la cotidiana práctica de nuestra Mas.·. No lo olvidemos: el trabajo todo lo vence. Redoblemos nuestro esfuerzo y afinemos nuestra concentración. Que el G.·. A.·. D.·. U.·. ilumine nuestros Ttrab.·. y nos permita elevar nuestro nivel de consciencia.

Un sueño escocés.

 




Cuentan que todo empezó con una piedra y con un hombre que no sabía todavía que lo era. Lo llevaron con los ojos cubiertos hasta un cuarto sin luz donde solo había una calavera, un poco de pan, un cántaro de agua y el sonido de su propia respiración, y ahí, por primera vez en su vida, nadie le pidió que hablara. Cuando por fin le devolvieron la vista, le pusieron en las manos un mazo y un cincel y le señalaron un bloque de piedra bruta, torcida, sin ninguna gracia, y le dijeron que ese era su trabajo: no la piedra terminada, sino la piedra tal cual era, con todos sus defectos a la vista. Aprendió, golpe a golpe, que el silencio no es la ausencia de palabras sino la presencia de la atención, y que antes de construir cualquier cosa hay que aceptar, sin vergüenza, la propia forma torcida.

Pasó el tiempo y el mazo dejó de pesarle. Le entregaron entonces la escuadra y el compás, y con ellos algo más difícil de sostener: los números, la proporción, la certeza de que ninguna piedra se labra bien si antes no se ha medido con exactitud. Se hizo compañero de otros que, como él, ya no golpeaban a ciegas sino según un plano, y en esa compañía descubrió una estrella de cinco puntas que ardía en el centro del taller, no como decoración sino como recordatorio de que la razón, cuando ilumina el oficio, lo vuelve inteligente. Ahí comprendió que conocer no basta si no se mide también a uno mismo con la misma escuadra que se aplica a la piedra.

Y entonces murió el maestro. No lo mataron por dinero ni por odio, sino por no querer entregar una palabra que no le pertenecía solo a él, y esa muerte, absurda y necesaria, cayó sobre el caminante como una sombra que tardó años en atravesar. Le tocó cargar el cuerpo, buscar la palabra perdida en su lugar, y descubrir que ninguna sustituta alcanzaba del todo, que había que aprender a dirigir la obra con una palabra sustituta hasta que la verdadera volviera a aparecer, algún día, cuando ya no hiciera falta. Desde entonces cargó también otra cosa: la responsabilidad de que la obra no se detuviera solo porque él tuviera miedo.




Lo pusieron a cuidar la puerta más discreta del recinto, la que nadie mencionaba en voz alta, y ahí aprendió que hay vigilancias que no se ejercen sobre los demás sino sobre uno mismo; se volvió custodio de lo que no debía decirse todavía, archivista de su propio silencio, y descubrió que la conciencia, cuando de verdad vigila, no necesita testigos externos. Poco después le tocó llorar abiertamente al maestro perdido, cuidar su sepulcro, sembrar un ciprés sobre la tierra removida, y en ese duelo ritualizado entendió que honrar a los muertos no es quedarse atado a ellos sino dejar que su memoria se vuelva cimiento de lo que sigue.

Un príncipe reparó en él y lo hizo su secretario más íntimo, y ahí tuvo que aprender el oficio más resbaladizo de todos: decir la verdad a quien tiene el poder de castigar por ella. Descubrió que la lealtad verdadera no es la que calla lo incómodo sino la que lo dice a tiempo y con tacto. Luego lo sentaron a resolver disputas entre obreros que se acusaban unos a otros, y sostuvo una balanza que pesaba más la intención que la letra del reglamento; y después le encargaron administrar toda la obra, coordinar cuadrillas, repartir materiales, ordenar sin ahogar, y entendió que gobernar bien es disponer la materia según un plan que no le pertenece a quien manda, sino a la obra misma.

Hubo un crimen: alguien había atentado contra el sentido mismo de la construcción, y a él le tocó perseguir esa injuria con nueve compañeros más, aprendiendo por el camino que la indignación, si no se vigila, se convierte fácilmente en venganza. Capturado el culpable, quince manos sostuvieron el peso de ejecutar la justicia, y descubrió que ningún castigo es limpio si se ejerce en soledad; el rigor, para no volverse crueldad, necesita del consejo de otros. Cuando por fin lo honraron ante doce jefes de tribu por su servicio, sintió una vanidad naciente que tuvo que aprender a sofocar antes de que floreciera: el reconocimiento, entendió, se recibe inclinando la cabeza, no levantándola.

Se volvió entonces arquitecto de verdad, no ya obrero de la piedra sino trazador de la piedra futura, y en esa ciencia exacta —la geometría, la aritmética, la disposición de los volúmenes— encontró un lenguaje que hablaba del universo sin pronunciar una sola palabra religiosa. Y en su búsqueda de una bóveda que se decía perdida bajo las ruinas del primer templo, cavó durante años, con la paciencia de quien no sabe si encontrará algo, hasta dar con una cripta oculta y, en ella, la palabra que llevaba tanto tiempo esperando ser dicha. La sostuvo entonces con una serenidad nueva, sin ostentarla, como quien por fin puede dejar de buscar y empezar solamente a ser.




Vino el destierro. Lo llevaron cautivo a una tierra extraña donde durante años no pudo edificar nada, y cuando por fin le permitieron volver, tuvo que reconstruir su ciudad con la trulla en una mano y la espada en la otra, porque la libertad reconquistada exige a la vez edificar y defender lo edificado. Le tocó negociar con un rey extranjero los permisos, los materiales, el tiempo, y descubrió que ninguna obra grande se levanta sin diplomacia, sin ceder en lo accesorio para no ceder en lo esencial. Y cuando por fin ejerció algún poder, entendió que la vigilancia más importante no es la que se hace hacia afuera, contra los enemigos, sino la que se sostiene hacia el propio ejercicio de mandar, para que el poder no lo corrompiera antes de que él lo notara.

Hubo una pausa larga y honda, casi religiosa, en la que dejó de construirse a sí mismo con piedra y empezó a hacerlo con fe, esperanza y misericordia; aprendió que el amor fraterno no es un discurso bonito sino una entrega real, como la del pelícano que alimenta a sus crías con su propia sangre. En ese mismo aliento se descubrió trazador de ciudades ideales, soñando una Jerusalén nueva donde lo sagrado y lo cotidiano convivieran sin pisarse; y luego, gobernante de logias enteras, tuvo que ejercer la autoridad entendiendo que mandar bien es servir, no poseer.

Regresó, sin saber cómo, a una ley más antigua que cualquier escritura: la que un patriarca recibió antes de que existieran los códigos, y con ella entendió que hay una ética que no depende de ningún país ni de ninguna época. Se hizo también leñador, proveedor callado de la madera con que otros construirían el templo, y ahí descubrió la dignidad de los oficios invisibles, de quienes sostienen la obra entera sin que nadie recuerde jamás su nombre. Después ofició, día tras día, sin descanso, las tareas más humildes de un culto que no se detenía nunca, y comprendió que lo sagrado no vive únicamente en lo extraordinario sino, sobre todo, en lo repetido con devoción.

Cruzó un desierto guiando caravanas de gente sin techo fijo, y en ese tránsito aprendió una fe que no necesita templo porque se sostiene en el propio andar. Se encontró luego frente a una serpiente de bronce alzada sobre un asta, y descubrió que basta mirar de frente la propia herida, sin desviar los ojos, para que empiece a sanar. Redimió cautivos, negoció rescates, aprendió que la misericordia solo vale cuando se traduce en un gesto concreto y no se queda en un buen sentimiento; y vistió, por un tiempo, la armadura de quien protege peregrinos en el camino, entendiendo que la fuerza únicamente se justifica cuando se pone al servicio del más débil.

Buscó después la verdad más allá de todo dogma, dudando con método, no por soberbia sino por honestidad, y en esa duda paciente empezó a ver una luz que no se apagaba con las preguntas sino que crecía con ellas. Se sentó a la mesa con caballeros de otras tradiciones, de otras cruces, de otras historias, y descubrió que la tolerancia no es indiferencia sino un trabajo activo de reconocer lo sagrado en el camino ajeno. Y entonces, por fin, se enfrentó al fanatismo mismo, a la tiranía disfrazada de virtud, y sintió una furia consagrada, purificada, que ya no buscaba venganza sino justicia: se supo, por primera vez, un alma verdaderamente libre.

Le tocó juzgarse a sí mismo, revisar sin indulgencia toda una vida de obediencia a leyes que a veces había cuestionado y a veces simplemente había cumplido, y en ese examen encontró una balanza última, la más difícil de todas, porque no se pesa ante otros sino ante el propio silencio. Reunió entonces todo lo aprendido —el mazo, la escuadra, la balanza, la trulla, la espada, la duda, la misericordia— bajo un solo mando interior, y se convirtió en estratega de sí mismo, capaz de coordinar mil frentes distintos sin perder jamás el centro: comprendió que el verdadero secreto nunca fue una fórmula oculta sino el dominio sereno de la propia voluntad.



Y cuando por fin llegó a la cima del camino, no encontró un trono sino una responsabilidad: custodiar una tradición que no era suya, que nunca lo había sido del todo, y que tendría que entregar intacta a quien viniera después. Entendió, ya de vuelta en la piedra bruta con la que todo había comenzado, que el viaje entero no había sido para poseer nada, sino para aprender a servir con seriedad cualquier oficio que la vida le pusiera enfrente. Y ahí, exactamente ahí, terminó de comprender que su gremio nunca había sido el de los canteros: había sido, desde el principio, el de quienes se atreven a trabajar con conciencia, Ad Gloriam Dei.