Los enemigos de la Masonería: inventario de los males que corroen el Taller
Introducción: el adversario habita en casa
¿Puede una institución tan antigua, tan noble y tan sólida tener adversarios? Los tiene, y son formidables. Rara vez golpean a las puertas del templo desde la calle. Pasan bajo el arco de la columnata, reciben la luz, se ciñen el mandil y se sientan en las columnas junto a los demás. Su mayor ventaja es que conocen la casa, los signos, las palabras y los horarios.
Así como la tradición reconoce rostros que encarnan la virtud, la justicia o la generosidad, también existen personas que encarnan lo contrario: la mentira, la codicia, la vanidad, el desorden. Tienen nombre y apellido, ocupan asiento en la logia y pagan, a veces con puntualidad, su cuota. Esa cercanía los vuelve peligrosos, porque quien daña desde dentro es tomado por colaborador.
Lo que sigue es un catálogo de cien figuras. Se presenta con ánimo de vigilancia y de autoexamen, y cada lector debería comenzar por mirarse en él con honestidad antes de señalar a otros. Un catálogo semejante es útil solo si cada uno acepta que algún rasgo puede estar creciendo en su propio corazón.
I. Los que deforman la verdad
- El mentiroso sincero. Repite falsedades con tanta convicción que termina creyéndolas. Contagia sus errores a la logia entera, porque su seguridad suena a autoridad.
- El ignorante con pretensiones. Habla de lo que jamás estudió y enseña conjeturas como si fueran doctrina. Los aprendices heredan sus equivocaciones y las repiten durante décadas.
- El falsificador de documentos. Altera patentes, diplomas, actas o certificaciones. Destruye de golpe la confianza documental que sostiene la legitimidad de toda la Orden.
- El calumniador. Difama al hermano en su ausencia, cuando este carece de defensa. Convierte la columna de armonía en un tribunal de rumores.
- El chismoso de pasillo. Reparte medias verdades durante el ágape y después de la tenida. Las sospechas que siembra germinan en rencores que tardan años en disolverse.
- El hipócrita de dos rostros. Abraza con calidez en el atrio y despelleja a su hermano en cuanto este se retira. Su fraternidad es una máscara de uso ceremonial.
- El fabricante de leyendas. Inventa linajes antiguos, orígenes misteriosos y pactos secretos para dar brillo a su taller. Vende mitos como hechos y deshonra la investigación seria de la historia masónica.
- El plagiario. Presenta como suya la plancha trazada por otro. Roba esfuerzo ajeno y miente sobre su propio mérito en un mismo acto.
- El simulador de credenciales. Presume títulos profesionales, cargos o rangos que jamás obtuvo. Quien comienza con una impostura difícilmente se detiene.
- El fabulador de hazañas. Relata proezas masónicas que nadie presenció ni puede comprobar. Busca admiración inmerecida y desacredita a quienes trabajan en silencio.
- El que mintió al ingresar. Ocultó en su solicitud antecedentes, intenciones o condiciones que debía declarar. Su primer juramento nació sobre una falsedad, y todo lo demás hereda esa grieta.
- El tergiversador de actas. Redacta o narra lo ocurrido en tenida según su conveniencia. Reescribe la memoria colectiva para ganar discusiones que perdió.
II. Los que adoran su propio reflejo
- El prepotente de plumaje. Se pasea con ínfulas de pavo real, sobre todo cuando alcanzó un grado elevado. Confunde el escalón con la estatura y mira hacia abajo a quienes llegaron antes que él.
- El exhibidor de grados. Enumera sus títulos en cada conversación, como si fueran propiedades. Olvida que el grado mide el compromiso con el trabajo, jamás la superioridad del hombre.
- El enamorado de collares. Vive pendiente de condecoraciones, insignias y galones. La fraternidad se vuelve para él un desfile de vanidades.
- El protagonista perpetuo. Acapara el uso de la palabra, las ceremonias y los reflectores. Deja a los demás sin espacio para aprender, aportar o equivocarse.
- El que desprecia a los aprendices. Los trata como estorbo en lugar de semilla. Quien humilla a los recién llegados ahuyenta a los mejores y cultiva ayudantes serviles.
- El dueño de la verdad. Se cree depositario único de la interpretación correcta de los símbolos. Cierra el diálogo porque, a su juicio, la búsqueda terminó con él.
- El cazador de fotografías. Convierte cada evento fraterno en vitrina personal. El Arte Real exige modestia, y él necesita público.
- El que usa el mandil como credencial social. Lo exhibe ante sus conocidos para impresionar o abrir puertas. Rebaja un símbolo de trabajo interior a una tarjeta de presentación.
- El humillador del menos instruido. Corrige con burla al hermano que apenas aprende. La enseñanza masónica se transmite con paciencia, y la burla enseña únicamente temor.
- El sabelotodo de la corrección pública. Interrumpe para enmendar detalles menores frente a todos. Satisface su ego a costa de la dignidad ajena.
- El indispensable. Se juzga irreemplazable y rechaza formar sucesores. Su taller se marchita en cuanto él falta, y esa fragilidad es su obra.
- El arrogante frente a otros ritos y obediencias. Desprecia las tradiciones vecinas sin haberlas estudiado. Alimenta enemistades entre hermanos que persiguen el mismo ideal.
III. Los que codician grados, cargos y poder
- El carrerista de grados. Ve la Masonería como una escalera jerárquica al estilo militar. Persigue el ascenso en lugar del perfeccionamiento, y su rapidez delata su vacío.
- El vivo que adula. Obtiene grados a fuerza de halagos y favores a quien decide. Lo que consigue por servilismo jamás le pertenece de verdad.
- El comprador de grados. Paga por títulos que ignora merecer. Degrada la Orden al nivel de un mercado y a su vendedor al de un estafador.
- El autootorgador. Se concede a sí mismo grados para poder mandar y liderar. Su autoridad nace de un decreto personal, y ese origen la vuelve ilegítima.
- El inventor de grados superiores. Crea escalones nuevos, no para exponer una doctrina más elevada, sino para mostrarse con mayor rango que sus antecesores. Su invento sirve a su ambición.
- El acosador con ofrecimientos. Seduce a hermanos con promesas de ascensos cuando está en posición de otorgarlos. Convierte la lealtad en moneda de cambio.
- El purificador de auras. Pretende limpiar la supuesta energía de sus hermanos con ceremonias de su propia invención. Mezcla fantasía personal con ritual auténtico y confunde a los incautos.
- El ambicioso selectivo de cargos. Solo acepta los puestos de lucimiento, como Venerable Maestro, Vigilante u Orador. Rehúye los cargos humildes donde realmente se sostiene un taller.
- El aprovechador de influencias. Ingresó con la intención de obtener beneficio personal, económico o social. Su fraternidad es una inversión, y espera rendimientos.
- El que usa la logia como plataforma política. Recluta votos, simpatías y respaldo electoral entre sus hermanos. Convierte un taller de perfeccionamiento en comité de campaña.
- El que busca clientela. Ofrece sus servicios profesionales o comerciales aprovechando la confianza fraterna. Vende donde debería servir.
- El que busca impunidad. Espera que su condición de masón lo proteja de consecuencias legales o morales. Usa la Orden como escudo y la expone al descrédito público.
- El cacique del cargo. Se perpetúa en un puesto y bloquea la renovación. Su taller envejece a su alrededor mientras él confunde permanencia con liderazgo.
- El formador de camarillas. Organiza grupos de lealtad personal para repartir puestos y silenciar disidencias. Sustituye el mérito por el favor y divide la columna en bandos.
IV. Los que se aprovechan de los bienes comunes
- El ladrón de fondos. Se apropia de los recursos de la logia o de la Orden. Lo más inquietante es que casi siempre encuentra cómplices y defensores que minimizan su falta.
- El defensor del ladrón. Justifica al que se quedó con el dinero y pide indulgencia por «fraternidad». Premia el delito y castiga a quien lo denuncia.
- El moroso crónico. Se atrasa permanentemente en sus cotizaciones y, aun así, espera comodidad, enseñanza y atenciones. Vive del sacrificio de los demás.
- El tesorero opaco. Maneja la caja sin rendir cuentas claras ni mostrar libros. La falta de transparencia siembra desconfianza, aunque jamás se haya robado un centavo.
- El deudor de hermanos. Pide préstamos entre compañeros y evita pagar. Convierte la confianza fraterna en un recurso agotable.
- El que lucra con iniciaciones. Cobra de más, cobra por favores o fabrica ceremonias con fines de lucro. Rebaja un acto sagrado a una transacción.
- El vendedor de ascensos. Pone precio a los grados que puede conceder. Su comercio vacía de contenido a quienes pagan y a quienes los reconocen.
- El apropiador de bienes del templo. Se lleva mobiliario, libros, paramentos o archivos. Despoja a la logia de su patrimonio y de su memoria.
- El desaparecido agradecido. Apela a la fraternidad cuando necesita ayuda y, tras recibirla, se esfuma sin una palabra. Convierte el auxilio fraterno en simple aprovechamiento.
- El beneficiario disfrazado. Solicita fondos de beneficencia para fines personales o dudosos. Traiciona a quienes dieron con generosidad y a quienes de verdad necesitaban ayuda.
- El estafador entre hermanos. Propone negocios que sabe ruinosos y se escuda en la confianza masónica. Daña patrimonios y vuelve tóxica la relación entre colegas.
- El derrochador de festejos. Gasta fondos comunes en banquetes, regalos o celebraciones de lucimiento propio. Despilfarra lo que pertenece al conjunto.
V. Los que incumplen sus deberes
- El ausente caprichoso. Se marcha cuando le place y regresa esperando honores y recibimiento triunfal. Abusa de la tolerancia y de la paciencia fraternal.
- El que pide ascenso sin haber trabajado. Falta a las tenidas y omite sus planchas, pero reclama promoción. Quiere cosechar sin haber sembrado.
- El impuntual. Llega tarde, interrumpe la apertura y desordena el rito. Su retraso transmite desprecio por el tiempo de todos.
- El olvidadizo de paramentos. Se presenta sin mandil, guantes o insignias reglamentarias. Muestra con ello cuánto valora la solemnidad del acto.
- El fugitivo de pretextos. Se retira apenas puede, con excusas poco creíbles. Convierte su presencia en un trámite que cumple a regañadientes.
- El que huye de los cargos menores. Declina oficios como Guarda, Maestro de Ceremonias o Secretario por considerarlos poca cosa. Olvida que un taller se sostiene sobre esas tareas discretas.
- El que desempeña mal su cargo. Aceptó libremente un oficio y lo cumple con descuido. Su negligencia carga el peso sobre los hermanos que sí trabajan.
- El que ignora las normas a conveniencia. Invoca el reglamento cuando lo favorece y lo olvida cuando lo estorba. Quien aplica la ley a medias destruye su autoridad.
- El que llega sin planchas. Se presenta a trabajar sin preparar nada y espera improvisar. Vacía las tenidas de contenido y empobrece el estudio colectivo.
- El distraído digital. Atiende su teléfono durante la tenida y rompe la concentración de todos. Trata el espacio sagrado como una sala de espera.
- El anarquista. Se negó a acatar el orden jerárquico y actúa por cuenta propia, promoviendo su imagen. Quebranta su compromiso de trabajar en equipo para la Orden y no para su ego.
- El que salta el reglamento ceremonial. Altera el orden del ritual por comodidad o gusto personal. Reduce la ceremonia a un trámite maleable.
- El improvisador de rituales. Añade, quita o reinventa fórmulas sin autoridad para ello. Fragmenta la tradición y quita uniformidad a la enseñanza.
- El perezoso intelectual. Jamás abre un libro, jamás investiga, jamás pregunta. Permanece décadas en el mismo punto y enseña su estancamiento.
VI. Los que dañan la convivencia
- El divagador. Cuando toma la palabra sobre el tema presentado, habla de cualquier asunto ajeno y exige igualmente ser escuchado. Desperdicia el tiempo común y fatiga a la columna.
- El monopolizador de la palabra. Interviene en cada punto, repite argumentos y alarga los debates. Ahoga las voces tímidas, que a menudo guardan las mejores ideas.
- El afectuoso de dos tiempos. Con actitud casi bipolar, saluda a todos con aparente cariño fraternal y los critica al salir. Su calidez es de fachada, y su crítica, de trastienda.
- El intolerante. Se irrita ante ideas, opiniones o comentarios distintos a los suyos, a pesar de que la Orden predica la tolerancia. Esa virtud, para conservarse como tal, necesita límites razonables, y él ni siquiera la practica en su forma mínima.
- El burlón. Ridiculiza las opiniones ajenas con sarcasmo. Aniquila la libertad de pensamiento que debería florecer en el taller.
- El rencoroso. Guarda agravios durante años y los usa cuando puede. Un resentimiento cultivado envenena a toda una logia.
- El bebedor del ágape. Carece de control y de criterio y aprovecha el banquete fraterno para embriagarse. Degrada un momento de convivencia y avergüenza a sus hermanos ante invitados.
- El de lenguaje soez. Habla con groserías dentro y fuera del templo. Contradice el pulimento de la piedra bruta que dice buscar.
- El indiscreto. Revela asuntos internos, deliberaciones o nombres que debían guardarse. Rompe la confianza y expone a la logia a daños evitables.
- El importador de pleitos profanos. Arrastra a la logia sus disputas políticas, familiares o de negocios. Contamina el taller con conflictos que debían quedar en la puerta.
- El iracundo. Grita, golpea la mesa y se ofende ante cualquier contradicción. Intimida a los demás y apaga la deliberación serena.
- El mal anfitrión. Trata con frialdad a los visitantes y ignora a los hermanos de otros talleres. Niega la hospitalidad que constituye una de las marcas de la Orden.
VII. Los que vacían la doctrina
- El agnóstico militante. Para él lo espiritual equivale a lo intelectual, y vería con gusto que desapareciera toda alusión al Gran Arquitecto del Universo en los rituales. Sin ese principio supremo, la logia se reduce a un club social con un techo pretenciosamente intelectual.
- El alérgico a la Biblia. Quisiera sustituir el Libro de la Ley o Libro Sagrado por la Constitución política del país. Transformaría el taller en un foro social, intelectual y político, y esa mudanza es otra institución distinta de la Masonería verdadera.
- El convertidor en club social. Reduce la logia a cenas, convivios y relaciones útiles. Sacrifica el trabajo iniciático en el altar de la sociabilidad.
- El convertidor en partido. Orienta cada debate hacia consignas partidistas. Transforma el espacio de perfeccionamiento en trinchera.
- El reduccionista filantrópico. Cree que la Orden existe solamente para hacer obras de caridad. Descuida la transformación interior, que es la razón profunda de todo el edificio.
- El esoterista charlatán. Mezcla símbolos masónicos con supersticiones, energías y promesas milagrosas. Confunde al buscador sincero y desprestigia la tradición.
- El dogmático sectario. Impone una confesión religiosa particular como requisito de pertenencia. Olvida que la Orden reúne a hombres de credos distintos en torno a un principio común.
- El desdeñoso de símbolos. Los considera teatro anticuado. Ignora que el símbolo es el idioma con que la Orden transmite lo que las palabras solas jamás alcanzan.
- El memorista sin comprensión. Recita rituales sin penetrar su sentido. Cumple la forma y pierde el fondo, como quien repite un idioma que ignora.
- El profano amandilado. Lleva el mandil, pero la iniciación jamás surtió efecto en él. Jamás ocurrió en su conciencia el tránsito de lo profano a lo iniciático; para él, la transmutación alquímica de los metales fue un fracaso rotundo.
- El innovador trasplantado. Quiere reformarlo todo a su estilo, en especial cuando proviene de otro Rito. Aplica costumbres ajenas sin comprender la lógica propia del sistema que lo acogió.
- El relativista total. Sostiene que todo vale y que cualquier práctica es igual de legítima. Disuelve los límites que dan forma a la tradición y deja sin brújula a los nuevos.
VIII. Los que dividen y traicionan
- El divisionista. Quiebra la Orden para fundar otra a su medida. Con frecuencia termina víctima de nuevos divisionistas que fundan una más, en una cadena de fragmentaciones sin fin.
- El fundador de obediencias de bolsillo. Crea organizaciones diminutas donde él reina como máxima autoridad. Multiplica títulos y reduce el prestigio colectivo.
- El cismático por rencor. Provoca rupturas por una herida de orgullo y no por un desacuerdo doctrinal. Sacrifica la unidad por una venganza personal.
- El cómplice de malas acciones. Participa, calla o encubre las faltas de otro. Quien secunda el mal se convierte en coautor de sus consecuencias.
- El perjuro. Desprecia los juramentos prestados en cada grado. Su palabra, cuando ya se rompió una vez, deja de valer en cualquier otro terreno.
- El desertor silencioso. Abandona la Orden sin dar aviso ni explicaciones. Deja a sus hermanos en la incertidumbre y a la logia con un vacío sin atender.
- El traidor al maestro. Reniega de quien lo guio cuando ya obtuvo lo que buscaba. La ingratitud destruye la cadena de transmisión que sostiene la Orden.
- El saboteador de elecciones. Manipula votaciones, difunde acusaciones o fabrica alianzas ocultas. Envenena la democracia interna y deja legitimidad dudosa a los elegidos.
- El minador de la autoridad. Desautoriza al Venerable Maestro a sus espaldas y le impide gobernar. Un taller sin cabeza respetada se deshace en facciones.
- El reclutador sin discernimiento. Admite candidatos solo para inflar cifras o ganar apoyos. Llena las columnas de nombres y las vacía de compromiso.
- El encubridor por amiguismo. Protege al culpable porque es su amigo y obstruye toda sanción. Sacrifica la justicia en el altar de la camaradería.
- El mal ejemplo ambulante. Con su conducta cotidiana aleja a los candidatos honestos y confirma los prejuicios de los críticos externos. Cada acto suyo habla más fuerte que cualquier discurso de la Orden.
Reflexión: el origen de estos males
Mirada en conjunto, esta lista revela un patrón. Los cien enemigos descritos nacen de una misma raíz: la iniciación que se recibió con el cuerpo, pero jamás se asimiló con el espíritu. Quien se queda en la superficie del rito conserva intactos su ego, su codicia y sus resentimientos, y simplemente los viste con mandil.
De ahí la expresión «profano amandilado». Se trata del hombre en quien el simbolismo jamás produjo transformación alguna; en quien el paso de lo inferior a lo superior jamás ocurrió; en quien los metales se quedaron en plomo. El templo lo aceptó y lo cobijó con afecto fraternal, y él devuelve esa hospitalidad manchando el recinto que lo recibió.
Por eso los verdaderos enemigos de la Masonería residen en la mente y en la personalidad de algunos de sus adherentes más débiles. Esos elementos destruyen logias y obediencias enteras, mucho más que cualquier ataque exterior.
¿Qué corresponde hacer con ellos?
La respuesta de la tradición es firme. Quienes causan daño deliberado y persistente, y rechazan la corrección, son como tumores en el cuerpo de la Orden: crecen en silencio y, si se les permite avanzar, acaban por comprometer el organismo entero. Cuando la advertencia fraterna, la enseñanza paciente y la sanción gradual fracasan, corresponde extirparlos mediante el debido proceso, por doloroso que resulte, para que la Masonería verdadera continúe viva y sana.
Conviene, sin embargo, una aclaración esencial. Exponer estas figuras a la luz jamás busca alentar una cacería ni una quema de supuestos pseudo iniciados. El propósito es mantener a la Orden alerta, de modo que ningún personaje de esta calaña socave una institución respetable y digna de ser preservada para bien de la humanidad. Todo señalamiento debe someterse a las reglas de justicia, defensa y pruebas que la propia Orden establece. Quien acusa sin fundamento cae, él mismo, en el número 4 de esta lista.







