El
Legado Traicionado: Carta a los Aprendices
Mis
queridos hermanos, permitidme hablaros
esta noche con la franqueza que merece quien todavía conserva la capacidad de
indignarse ante la injusticia.
Habéis
jurado sobre el Volumen de la Ley Sagrada defender la libertad, combatir la
tiranía y ser fieles a vuestros hermanos. Son palabras hermosas, ¿verdad?
Palabras que resuenan en el pecho y encienden el espíritu. Pero, dejadme
contaros una historia incómoda que debería ser enseñada en cada logia, pero que
demasiado a menudo se esconde en el silencio.
Carney
citó a Václav Havel, aquel dramaturgo checo que desafió el totalitarismo
soviético. Havel contaba la historia de un tendero que cada mañana colocaba un
letrero en su ventana: "¡Trabajadores del mundo, uníos!". No creía en
ello. Nadie creía en ello. Pero colocaba el letrero de todas formas: para
evitar problemas, para señalar obediencia, para sobrevivir. Havel llamaba a
esto "vivir dentro de la mentira".
Hermanos,
dejadme preguntaros algo incómodo: ¿Cuántas logias masónicas son ese tendero?
¿Cuántas veces hemos colocado nuestros carteles proclamando "Libertad,
Igualdad, Fraternidad" mientras cenábamos con tiranos? ¿Cuántas veces
hemos recitado rituales sobre combatir el despotismo mientras firmábamos
contratos con déspotas? ¿Cuántas veces hemos proclamado la fraternidad
universal mientras abandonábamos a hermanos perseguidos? Hemos sido el tendero
de Havel. Hemos vivido dentro de la mentira masónica.
Hace
más de siete siglos, el Gran Maestre de los Caballeros Templarios ardió en una
hoguera. Jacques de Molay, traicionado por aquellos que debieron protegerlo,
torturado hasta confesar crímenes inexistentes, finalmente gritó su inocencia
mientras las llamas consumían su cuerpo. Su crimen no fue herejía ni blasfemia,
como proclamaba el rey Felipe IV de Francia. Su verdadero crimen fue tener
poder que otros codiciaban y riquezas que otros deseaban.
Pero
aquí está la verdad que raramente se cuenta completa: De Molay no fue
traicionado solo por el rey Felipe IV de Francia. Fue abandonado por sus
propios hermanos templarios que, para salvar sus vidas y propiedades, guardaron
silencio o testificaron contra él.
Cuando el poder político necesitó sus bienes, cuando la conveniencia superó al honor, la hermandad se disolvió como humo. El Papa Clemente V, quien debió defender a los templarios, eligió su propia seguridad. Los nobles que habían jurado protección miraron hacia otro lado. Y De Molay murió no solo traicionado por sus enemigos, sino abandonado por quienes debieron ser sus aliados. Sus hermanos templarios vivían dentro de la mentira. Proclamaban juramentos sagrados, pero cuando llegó el momento de defenderlos a costa de sus privilegios, quitaron discretamente sus mantos blancos y miraron hacia otro lado. ¿Ha cambiado algo?
Nosotros,
en el Rito Escocés, invocamos a De Molay. Tenemos grados que llevan su nombre.
Pronunciamos discursos sobre su martirio. Pero cuando un hermano enfrenta la
tiranía moderna, cuando un masón es perseguido por defender sus principios,
¿dónde está la Orden? ¿Dónde están los Grandes Inspectores que se proclaman
herederos de los antiguos caballeros?
Lo
sabemos: negociando con los nuevos Felipe IV, protegiendo sus propios
intereses, esperando a que el hermano perseguido esté muerto para entonces y
solo entonces, honrar su memoria.
Dejadme
llevaros más cerca en el tiempo y en el espacio. Hablemos de un hermano
mexicano, un masón cuyo nombre muchos de vosotros conocéis: Melchor Ocampo.
Ocampo
no fue un masón de salón. No fue de esos que asisten a tenidas para hacer
contactos comerciales o presumir de grados. Fue un verdadero hermano, un hombre
que creyó sinceramente que la masonería existía para transformar la sociedad,
combatir el fanatismo y construir una nación libre.
Redactó
las Leyes de Reforma. Luchó por separar la Iglesia del Estado cuando hacerlo
significaba la excomunión y la muerte. Defendió la libertad de conciencia
cuando las balas conservadoras cazaban liberales en los caminos. Y cuando lo
capturaron, cuando lo llevaron a fusilar en aquella mañana del 3 de junio de
1861, ¿sabéis quiénes estaban entre sus ejecutores? Hombres que habían asistido
a las mismas logias que él, quienes callaron como momias y no actuaron con
prestancia para acudir en su auxilio.
Eran masones
conservadores que decidieron que su lealtad al partido, a la Iglesia o al
dinero, era más importante que su juramento fraternal. Ocampo murió traicionado
no solo por sus enemigos políticos, sino por aquellos que habían compartido el
mandil con él y no lo salvaron.
Y
mientras moría, mientras su sangre masónica empapaba la tierra mexicana, ¿qué
hicieron las Grandes Logias? ¿Qué proclamaron los masones de todos los grados?
Algunos enviaron condolencias póstumas. Otros guardaron silencio prudente.
Ninguno arriesgó su posición para salvarlo. Eran tenderos colocando letreros de
"Fraternidad" mientras dejaban que cargaran los fusiles.
Aquí
es donde el discurso de Carney en Davos ilumina nuestra crisis masónica con una
claridad brutal. Escuchad sus palabras y aplicadlas a nuestra Orden. Carney
dijo que cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde
la debilidad, aceptamos lo que se nos ofrece, competimos entre nosotros para
ser los más complacientes. Esto no es soberanía, afirmó, es un performance de
soberanía mientras aceptamos la subordinación.
Así, la masonería
institucional ha estado ejecutando un performance de principios mientras acepta
la subordinación.
Cuando
un dictador masón gobierna, las logias negocian bilateralmente con él. No
unidos, no desde los principios, sino individualmente, compitiendo por ser las
más complacientes. Se ofrece silencio a cambio de una mejor sede. La Logia
Empresarial le ofrece legitimidad a cambio de contratos gubernamentales y le
ofrece grados honoríficos a cambio de protección institucional. Mero
performance de principios mientras aceptamos la subordinación al poder.
Carney
habló de cómo las naciones medias prosperaron bajo el orden internacional
basado en reglas, pero sabiendo siempre que la historia de ese orden era
parcialmente falsa, que los más fuertes se exentarían a sí mismos cuando fuera
conveniente. Hermanos, ¿no es exactamente, así como funciona nuestro
"principio" de "reconocer a los gobiernos legalmente
constituidos"? Es nuestra coartada perfecta. Cualquier tirano, una vez
consolidado en el poder, se vuelve un "gobierno legalmente
constituido". Cualquier golpe de Estado, una vez exitoso, se vuelve la
"nueva autoridad legítima". Cualquier dictador masón, mientras tenga
el poder, es "reconocido" por la Orden.
Y
cuando cae, cuando ya no puede dañarnos, entonces sí, entonces lo expulsamos
póstumamente y proclamamos que siempre estuvimos del lado de la libertad.
Carney
advirtió sobre esto cuando dijo que, si las grandes potencias abandonan incluso
la pretensión de reglas y valores por la búsqueda sin trabas de su poder e
intereses, las ganancias del transaccionalismo se volverán más difíciles de
replicar. La masonería abandonó la pretensión hace décadas. Ahora somos
puramente transaccionales: apoyamos al poder mientras nos beneficia, y lo
condenamos cuando ya es seguro hacerlo.
Pero
aquí, es donde Carney nos ofrece un camino de redención. Porque su discurso no
fue solo una denuncia de la subordinación; fue un llamado a la acción para
quienes nos negamos a vivir en la mentira. Carney preguntó: ¿Qué significaría
para las potencias medias vivir la verdad? Primero, dijo, significa nombrar la
realidad. Nombremos nuestra realidad masónica, hermanos. Decimos en la mónita
del primer grado que nos dedicamos al estudio de la verdad.
La
realidad es que la masonería institucional, especialmente en su jerarquía se ha
protegido a dictadores masones o profanos mientras aquellos perseguían a otros
masones. La realidad es que el principio de reconocer gobiernos se ha usado
como excusa para la complicidad con la tiranía. La realidad es que las
expulsiones póstumas son marketing institucional, no justicia masónica. La
realidad es que muchos masones han priorizado sus intereses económicos sobre
sus juramentos fraternales. La realidad es que la Orden ha traicionado
repetidamente a sus propios mártires, de De Molay a Ocampo, de Allende a los
desaparecidos argentinos.
Nombrar
esta realidad es incómodo. Os hará impopulares en ciertas logias. Pero como
dijo Carney citando a Havel: cuando incluso una persona deja de actuar, cuando
el tendero quita su letrero, la ilusión comienza a agrietarse. Carney hizo un
llamado urgente: en un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países
intermedios tienen una elección: competir entre sí por favores, o combinarse
para crear un tercer camino con impacto.
Hermanos:
vosotros sois las potencias medias de la masonería. No tenéis el poder
institucional de los grados 33. No controláis las finanzas de las Grandes
Logias. No tenéis acceso a los salones donde se negocian las complicidades. Pero
Carney también dijo que no deberíamos permitir que el ascenso del poder duro
nos ciegue al hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las
reglas permanecerá fuerte, si elegimos ejercerlo juntos. Si elegimos ejercerlo
juntos. Ahí está la clave, hermanos. Carney ofreció a las naciones medias una
elección clara, tomemos la misma elección en términos masónicos.
Podéis
elegir vivir dentro de la mentira. Podéis ascender en los grados, memorizar
rituales, pagar cuotas y asistir a banquetes. Podéis colocar vuestro letrero de
"Libertad, Igualdad, Fraternidad" en la ventana del templo cada
tenida. Podéis deciros a vosotros mismos que sois masones de verdad porque
conocéis las palabras de pase y los signos secretos. Y cuando un hermano sea
perseguido por defender principios masónicos, podéis invocar: "La Orden no
interviene en asuntos políticos." Y cuando un dictador masón sea
finalmente derrocado, podéis participar en su expulsión póstuma y sentiros
virtuosos.
Podéis ser el
tendero de Havel, viviendo cómodamente dentro de la mentira. O podéis hacer lo
que Carney urgió al mundo: es tiempo de que compañías y países quiten sus
letreros y encuentren un camino diferente. Podéis quitar el letrero de la
mentira seudomasónica.
¿Qué
significa esto? Significa ser masones de verdad, no actores en un teatro
esotérico. Significa que cuando recitéis "combatimos la tiranía",
realmente lo haréis. Significa que cuando juréis "fraternidad",
defenderéis a vuestros hermanos perseguidos, aunque os cueste. Significa que
cuando se os pida que guardéis silencio ante la injusticia masónica, hablaréis.
Significa
que construiréis lo que Carney llamó un nuevo orden que abarque nuestros
valores, como el respeto a los derechos humanos, desarrollo sostenible,
solidaridad, soberanía e integridad territorial. Un nuevo orden masónico que
abarque nuestros valores auténticos: defensa real de la libertad, fraternidad
práctica no solo ritual, coherencia entre templo y mundo profano. Es tiempo de
vivir la verdad masónica, no de actuar en la mentira.
La
cadena de unión que formamos en cada tenida es hermosa. Pero solo es genuina si
estamos dispuestos a sostener a nuestros hermanos cuando el mundo les suelta la
mano. De lo contrario, es solo una coreografía ritual. Los grados que
ascenderéis están llenos de enseñanzas sublimes. Pero recordad siempre: un
grado sin coherencia moral es solo un título vacío, un letrero más en la
ventana del tendero.
Podéis
llegar al grado 33 y ser parte del problema que describí esta noche, otro
tendero colocando letreros en los que no cree. O podéis quedarnos en el grado
de Aprendiz toda vuestra vida, pero ser verdaderos masones, alguien que quitó
su letrero y eligió vivir la verdad.
La luz que
buscamos en la masonería existe. Pero no la encontraréis en los grados
superiores ni en los rituales elaborados. La encontraréis en el espejo, cuando
podáis miraros sin vergüenza. La encontraréis cuando defendáis a un hermano
perseguido, aunque os cueste. La encontraréis cuando elijáis la coherencia
sobre la conveniencia. La encontraréis cuando comprendáis que el verdadero
templo masónico no se construye con columnas y piedras, sino con vidas vividas
según los principios que proclamamos.
Y
la encontraréis cuando, como Carney urgió a las naciones medias, reconozcáis
que podemos darnos a nosotros mismos mucho más de lo que otros puedan
quitarnos. Podemos darnos la dignidad de ser masones auténticos. Nadie puede
quitárnosla excepto nosotros mismos cuando elegimos vivir dentro de la mentira.
¿Quitaréis vuestros letreros? ¿O perpetuaréis
la mentira por otra generación? La elección, como siempre, es vuestra. Pero
ahora al menos sabéis la verdad: que podéis construir algo mejor, si elegís
ejercer ese poder juntos. Que la verdadera luz masónica ilumine vuestro camino
y que el fuego Sagr.·. de nuestros ideales nunca se extinga.
F R A T E R N A L
M E N T E
“Labor Omnia
Vincit”
Or .·.
de Morelia, Michoacán, a 04 de marzo de 2026, E .·. V .·.
MDP:: M.∙. Mas.∙.
¡Es Cuanto!



