miércoles, 7 de octubre de 2026

La Resignación en la Prim.·. Cam.·.

            

La Resignación en la Prim.·. Cam.·.

 

 

Pocas palabras han sido tan mal entendidas como resignación. En el habla común nombra la derrota del hombre que baja la cabeza y calla. Este Traz.·. propone lo contrario: que resignar es un acto de trabajo, el primero que el Apr.·. aprende frente a su P.·. Br.·.: soltar lo que sobra para que aparezca la forma.

 

Hablemos desde el peldaño del Apr.·., que es el primero y por eso el más importante: quien aprende aquí a soltar bien sabrá soltar en cada etapa que el Trab.·. le depare. Lo recorreremos en cinco tiempos: la raíz de la palabra, lo que enseña el Tal.·. del Apr.·., la diferencia entre la resignación falsa y la verdadera, la manera de leerla propia de un hombre que habita Ssimb.·. y lo que podemos hacer desde hoy.

 

Resignación viene del latín resignatio, derivado de resignare: el prefijo re- (hacia atrás, de nuevo) más signare, marcar o sellar, de signum, sello, señal. Los romanos cerraban sus documentos con un sello; resignare era romperlo, abrir lo cerrado, anular lo asentado, devolver lo que se había confiado. Horacio le da temple moral: “el hombre firme, ante los vaivenes de la Fortuna, devuelve lo que ella le dio y se envuelve en su propia virtud”. El latín cristiano añadió la entrega de la voluntad a una más alta, y de ahí el español heredó la idea de conformidad, que con el tiempo se confundió con derrota.

 

Leído desde nuestro Rit.·., el prefijo re- tiene dos rostros: invierte y repite. Resignar es entonces desellar, romper lo que cierra una forma agotada; re-signar, dar al ser un signo nuevo, un sentido más alto; y con-signar, dejar registrado lo que se transmite a la Cadena. Advierto con honradez que ésta es una lectura masonizante apoyada en la raíz signum, no una derivación de diccionario. Funciona porque recupera un sentido que la palabra ya llevaba dentro.

 

Todo lo que se hace con el Apr.·. en la Log.·. es un ejercicio de resignación bien entendida. El desbaste. La P.·. Br.·. se resigna a perder materia para ganar forma. No la destruyen el Cinc.·. ni el Mal.·.; la fecundan, porque la forma ya estaba contenida en ella. Nuestra primera lección enseña que somos generación y no creación: nada surge de la nada, todo nace de algo mediante un trabajo. Por eso el golpe pide virilidad, la fuerza activa de soltar sin huir. El despojo de los metales. Antes de entrar, el profano deja afuera lo que tiene. La primera resignación es material: se entra a ser, no a tener. La duda filosófica. Se siembra en el Apr.·. para que toque con el dedo la esclavitud en que ha vivido y despierte en su corazón el sentimiento de su propia dignidad. Dudar es resignar la certeza heredada, que muchas veces es una cadena con buen olor.

 

La Cám.·. de Refl.·. y el V.·.I.·.T.·.R.·.I.·.O.·.L.·. Descender al interior propio y aceptar la mortalidad. Se rectifica, no se inventa: lo que se busca ya estaba dentro. La plomada y el nivel. Aceptar la medida que nos mide: la rectitud y la igualdad, que no se negocian. Las dos Ccol.·.. Entre ellas aprende a pasar el Apr.·.: ni la fuerza sola ni la sola sabiduría. Resignar es mantenerse entre una y otra, sin apoyarse de más en ninguna. El silencio. Ver, oír y callar. El Apr.·. resigna la palabra para ganar comprensión.

 

Hay una resignación que paraliza y otra que transforma. La primera se padece: la imponen el cansancio y el miedo, entrega la voluntad de actuar y termina en cinismo, silencio estéril y ausencia. La segunda se elige: la decide la conciencia, entrega el ego, el control ilusorio y lo obsoleto, y termina en agencia, apertura y fraternidad. La primera pregunta «¿para qué intentarlo?»; la segunda, «¿qué debo soltar para servir mejor?». La masonería combate la apatía bajo cualquier forma; la resignación que aquí se estudia es su antídoto y no su aliada.

Un ejemplo sencillo: quien pierde su empleo y se encierra en la queja se resigna mal; quien nombra lo perdido, hace su duelo y pregunta qué obra sigue, se resigna bien. El hecho es el mismo; el signo es distinto.

 

Ernst Cassirer definió al hombre como animal symbolicum: aquel que no vive entre cosas desnudas, sino entre signos que les dan sentido. El neófito nace Homo symbolicus en la Cám.·. de Refl.·., cuando descubre que todo cambia de significado: la Esc.·. es rectitud, el Comp.·. es límite moral, la P.·. es la conciencia por desbastar. Quien vive entre cosas sufre la pérdida; quien vive entre signos puede re-significarla. Resignar, para el Mas.·., es dar signo nuevo a lo que suelta.

 

Propongo cinco reglas para practicarlo: nombrar con precisión el sello que se rompe (¿miedo, hábito, título, rencor?); distinguir el hecho del sentido; generar y no fabricar consuelos; probar por los frutos, pues una resignación es verdadera si devuelve agencia y falsa si la quita; y consignarla en la Cad.·. de la U.·., compartiéndola con los Hh.·.

 

La resignación opera en cada plano de la vida. En el cuerpo, es aceptar sus límites y cuidarlo como Tem.·.. En lo material, poseer como administrador y no como dueño absoluto. En la familia, amar sin poseer. En el matrimonio, renovar el pacto con dulzura y no querer cambiar al otro. En la empresa, delegar y preparar la sucesión. En lo sensible, nombrar el duelo para no ser gobernado por él. En lo moral, aceptar la propia falibilidad sin aceptar jamás el abuso. En el legado, dejar el paso. En lo espiritual, entregarse al G.·.A.·.D.·.U.·. sin abandonar la responsabilidad. Y en lo trascendente, simbolizar la finitud para hacer del límite un horizonte.

Quien así la practica obtiene libertad interior, porque rompe sellos y queda menos gobernado por lo que lo ata; una conciencia que juzga con equidad; serenidad ante la finitud; fraternidad verdadera, que nace de renunciar al juicio absoluto sobre el otro; y continuidad, porque la obra pasa de unas manos a otras sin ruptura. Nada de esto vuelve dócil al Mas.·.: lo vuelve libre para actuar sobre lo que sí depende de él y sereno ante lo que no.

 

Por ello, QQ.·. HH.·. Apr.·., propongo seis tareas:

1.            Nombrar esta semana un sello propio y decidir qué hacer con él.

2.            Escribir a dos Ccol.·.: lo que debo soltar y lo que jamás debo soltar.

3.            Practicar silencio deliberado ante los demás y ante mí.

4.            Cerrar un rencor o un agravio, entregándolo a la reconciliación o a la ley.

5.            Preguntar a un M.·. qué soltó él en su camino.

6.            Transmitir lo aprendido a quien llegue después.

 

Resignar es romper el sello para generar. Y generar, como dice nuestra Pr.·. Mon.·., no es crear de la nada sino hacer nacer lo que dormía en la P.·. Br.·. que cada uno de nosotros es.

 

F R A T E R N A L M E N T E

“Labor Omnia Vincit”

Or .·. de Morelia, Michoacán, a 07 de octubre 2026,  E .·. V .·.

 

 

 

Horacio Erik Avilés Martínez, M.∙. Mas.∙.  

 

¡Es Cuanto!

Treinta y tres pasos en Michoacán

 

TREINTA Y TRES PASOS EN MICHOACÁN

 

Vine a Michoacán porque mi madre, ya apagándose, me dijo: «Ve donde se acaban los caminos parejos y empieza el que sube. Ahí está la Piedra.» Me llamaba Casimiro Cantera y llevaba al hombro un morral vacío, de ixtle, y un hambre que no era de comida.

En el llano me alcanzó una voz de pasos contados.

—Treinta y tres son. Yo los cuento. Tú nomás los pisas. En cada uno soltarás algo distinto.

Era Matías, el arriero, muerto desde antes de que yo naciera; nadie se lo había dicho.

—¿Y qué se hace con lo que se suelta?

—Se le pone nombre. Lo que no tiene nombre no se suelta: se arrastra.

1º · Zinapécuaro

En Zinapécuaro el vapor de los pozos olía a azufre y a pan recién abierto. Matías me puso en la mano un vidrio negro de obsidiana, tosco, con bordes que mordían. —Piedra bruta que no sabe que es filo. Dudé de lo aprendido y me corté. Primera resignación: el saber heredado. Rayé el morral con una línea: «lo que corta».

La duda es el primer cincel.
Quien no se corta, no se abre.

2º · Paracho

En Paracho los talleres olían a cedro y abeto, y una mujer de rebozo azul me alcanzó un violín sin barnizar. Cepillé una tapa y apreté de más; la madera rechinó. —No la violentes —dijo el laudero—. Pídele. Segunda resignación: la fuerza, vuelta dulzura. Tensé un cordel hasta que sonó: «lo que se afina».

Lo que se aprieta, se rompe.
Lo que se afina, suena.

3º · Tzintzuntzan

Entre las yácatas de Tzintzuntzan, mitad cuadro y mitad círculo, me acosté en una tumba abierta. Me cubrieron de tierra tibia y oí mi nombre al revés. —La vida y la muerte son una misma puerta —dijo Matías—, y no se la entregues a la ignorancia ni a la hipocresía. Tercera resignación: la propia vida. Dibujé un círculo abierto: «lo que vuelve».

Quien muere antes de morir
no teme que lo entierren.

4º · Cuitzeo

El lago de Cuitzeo se había retirado, y las mujeres vendían alegrías de amaranto a la orilla del lodo seco. Me asomé a un charco y vi mi cara. —Tu conciencia es juez sin sobornos —dijo Matías—. Cuarta resignación: la aprobación ajena. Dibujé un óvalo con un punto: «lo que mira de vuelta».

No hay juez más fiel que tú.
No hay testigo más incómodo.

5º · Nuevo Parangaricutiro

En San Juan Nuevo la lava se tragó la iglesia, pero no la torre. Comí tortillas azules frente a ella. —Lo que apunta arriba no se entierra —dijo Matías—. Quinta resignación: el apuro. Dejé de pelear con el tiempo y dibujé una torre sobre una línea: «lo que apunta».

Se hunde lo que dura un rato.
Lo eterno apenas se inclina.

6º · Churumuco

En Churumuco el Balsas arrastraba su sed y la gente esperaba sin decir qué. Comí un mango con chile bajo un sombrero de palma. —Ignorancia, apatía, hipocresía y ambición de los que mandan: las cuatro sedes del pueblo —dijo Matías—. Sexta resignación: la mirada que se aparta. Con una espina marqué: «lo que duele sin acostumbrarse».

El hambre que no pregunta
es la peor de las hambres.

7º · Quiroga

Quiroga olía a carnitas. Un viejo de poncho me preguntó: —¿Qué ley traes? —La que me dieron. —Ésa es ajena; vale la que traías al nacer. Tata Vasco lo supo antes que nadie. Séptima resignación: el capricho. Tracé una plomada: «lo que no se escribe».

La ley escrita se olvida.
La que nace contigo, juzga.

8º · Salvador Escalante

En Santa Clara del Cobre mil martillos daban nombre al metal. Golpeé hasta sacar un plato torcido, mío por primera vez. —La libertad es el vínculo entre el trabajo y lo que se posee —dijo Matías—. Octava resignación: la posesión. Marqué un punto dentro de un cuadro.

No es tuyo lo que tienes.
Es tuyo lo que haces.

9º · Jiquilpan

En Jiquilpan, bajo el mural de Orozco, me senté en el banco donde el general miraba la tarde. Estaba tibio. —El que manda con permiso, manda sin miedo —dijo Matías—, y acepta que le acorten las manos. Novena resignación: el poder. Dibujé una silla vacía.

Quien manda con permiso
manda sin miedo.

10º · Zamora

En Zamora las fresas se iban al norte con los hombres que las sembraron. Comí un chongo de leche y canela bajo las torres inconclusas de la catedral. —Todo camino es de todos —dijo Matías—. Décima resignación: la frontera. Tracé una flecha sin punta.

Todo camino es de todos.
Hay que ponerse a andar.

11º · Cherán

En Cherán ardían fogatas en cada esquina; los vecinos habían echado a los traidores y se mandaban solos. Una vieja me ofreció su lumbre y su café de olla. —La venganza más completa es el orden —dijo—. Undécima resignación: el rencor. Dibujé tres piedras en círculo: «lo que arde junto».

Las lumbres juntas no se apagan.
El traidor siempre anda solo.

12º · Zitácuaro

En Zitácuaro, donde una Junta dijo que manda el pueblo, comí caldo de res con chile verde y pagué entero. —Quien paga lo que usa, levanta lo que habita —dijo Matías—. Duodécima resignación: lo propio que se vuelve común. Marqué un triángulo.

Quien paga lo que usa
levanta lo que habita.

13º · Tingambato

En Tingambato me senté en la escalinata del templo viejo hasta que el sol tocó el horizonte. —Todos los pueblos lo miraron antes de nombrar a sus dioses —dijo Matías—, y nadie posee toda la luz. Decimotercera resignación: la certeza. Dibujé un círculo con un punto, y con una abertura: «lo buscado».

Lo perdido no está lejos.
Se esconde en tu manera de buscar.

14º · Angangueo

En Angangueo las mariposas llegan sin pasaporte. Subí al santuario y pensé de golpe lo que nunca me atreví a pensar; no pasó nada. —El miedo es un permiso falso —dijo Matías—. Decimocuarta resignación: el miedo a pensar. Dibujé unas alas.

El miedo es un permiso falso.
Piensa sin pedirlo.

15º · Hidalgo

En Ciudad Hidalgo, antes Taximaroa, frontera que vigilaba el oriente, un hombre dormía en el portal. «Nada le pasa», dijeron. Fue la peor respuesta que he oído. Decimoquinta resignación: la comodidad. Dibujé un ojo abierto.

Quien no vigila, duerme.
Quien duerme, es gobernado.

16º · Tlalpujahua

En Tlalpujahua pintaban esferas de vidrio donde el lodo de la mina había sepultado medio pueblo. —¿Cuándo acaban? —Nunca; nomás se lo pasamos a otros. Decimosexta resignación: el fruto. Crucé una espada y una llana: «la obra sin dueño».

La obra cambia de manos.
Nadie la ve terminada.

17º · Uruapan

En Uruapan, donde el Cupatitzio brota de la Rodilla del Diablo, llegan al tianguis de Domingo de Ramos los artesanos de todos los rumbos. Una mujer de lacas me ofreció un lugar en su mesa. Decimoséptima resignación: la soledad. Dibujé hilos cruzados: «lo que se une».

Uno solo es un hilo.
Muchos, una tela.

18º · Ario de Rosales

En Ario de Rosales llovió sin avisar, y bajo los portales no condené a nadie; aquí Morelos instaló un tribunal. —Entre la sentencia y el abrazo, elige el abrazo —dijo Matías—. Decimoctava resignación: el juicio. Dibujé una rosa sobre una cruz.

Juzgar es fácil.
Amar es el oficio.

19º · Pátzcuaro

En Pátzcuaro tomé sopa tarasca frente a la biblioteca del mural, donde el obispo fundó la primera escuela. —Un puente se tiende desde las dos orillas a la vez —dijo Matías—. Decimonovena resignación: la prisa por la verdad. Dibujé un puente.

Constructor de puentes,
no llegues primero.

20º · Madero

En Villa Madero, que fue Cruz de Caminos, el que presidía la mesa se sirvió el último plato. —Quien preside, sirve —dijo Matías—. Vigésima resignación: el privilegio. Dibujé una mesa con un lugar vacío y me senté al final.

Quien preside, sirve.
Quien sirve, preside.

21º · Tacámbaro

En el cráter de La Alberca, tan quieto como un perdón, nombré en voz alta un rencor viejo y lo arrojé al agua. —El agravio se entrega a la ley, no a la furia —dijo Matías. Vigesimoprimera resignación: la venganza. Marqué una gota.

El agravio no se olvida.
Se entrega.

22º · Nahuatzen

En Nahuatzen un leñador de cara resinosa me prestó su hacha. —Castigo era cuando otro mandaba; ahora cada golpe lleva mi firma. Partí leña hasta el anochecer. Vigesimosegunda resignación: la queja. Tallé un hacha con su muesca.

La carga es maldición
hasta que la haces tuya.

23º · Coeneo de la Libertad

En Coeneo de la Libertad unos hombres me detuvieron sin papel ni razón. Matías puso en mi mano un amparo. —La ley es escudo más fuerte que el puño. Vigesimotercera resignación: la ira. Dibujé una mano abierta con un papel.

Quien se defiende con ley
no necesita odiar.

24º · Ocampo

En Ocampo un viejo me mostró las leyes de Reforma, amarillas, guardadas en una caja de galletas. —Los muchachos tienen derecho a cambiarlas. Vigesimocuarta resignación: lo heredado. Dibujé una hoja con un brote.

Quien cuida la ley vieja
es esclavo de los muertos.

25º · Carácuaro

En Carácuaro, donde el cura Morelos rompió cadenas que llamaban costumbre, Matías dijo: —Las cadenas se rompen; el Misterio se mira, como la serpiente de bronce. Vigesimoquinta resignación: dominar el Misterio. Dibujé una serpiente alzada.

Hay cadenas que se rompen.
Hay misterios que se miran.

26º · Los Reyes

En Los Reyes, entre zarzamoras, tres reyes de color distinto se hincan ante la misma cuna. —Te toca lo que no escogiste; lo demás, sí —dijo una niña. Vigesimosexta resignación: la casta. Dibujé tres puntos en línea.

El destino es un cuarto.
La libertad, cómo lo amuebles.

27º · Sahuayo

En Sahuayo, ciudad de huaraches, vi a un hombre de cadena de oro hincarse como cualquiera. —A ése también lo juzgan —dijo Matías. Vigesimoséptima resignación: la inmunidad. Dibujé una corona inclinada.

Quien no soporta ser juzgado
no merece juzgar.

28º · Lázaro Cárdenas

En Lázaro Cárdenas el sol se metió al mar y la fundición le contestó. Un ingeniero me explicó el acero; yo le conté de la obsidiana. —La razón se comparte —dijo Matías. Vigesimoctava resignación: no pensar. Dibujé un sol sobre agua.

Lo cierto se deja mirar.
Lo demás exige fe.

29º · Apatzingán

En Apatzingán, donde se escribió que el pueblo es soberano, dos hombres discutían a gritos si Dios existía. —Igual de fanáticos —dijo Matías. Callé entre ellos. Vigesimonovena resignación: el fanatismo. Tracé una espiral abierta.

Definir lo infinito es limitarlo.
Negarlo, también.

30º · Turicato

En Puruarán, donde Matamoros perdió su última batalla, corté caña con un machete prestado. —Se odia el error, no al que se equivoca —dijo Matías. Trigésima resignación: el odio. Dibujé un machete envainado.

Filo sin templanza es herida.
Ira sin disciplina, locura.

31º · Acuitzio del Canje

En Acuitzio, lugar de culebras y de trueque, un juez sin toga dijo llamarse camino. —Quien juzga es puente, no trono —dijo Matías. Trigesimoprimera resignación: el trono del juez. Dibujé una balanza sin trono.

Quien juzga es camino.
Si se cree destino, se pierde.

32º · Tancítaro

En la cumbre del pico de Tancítaro sólo cabíamos cuatro. —Soldados de la luz, no multitud —dijo Matías. Trigesimosegunda resignación: la masa. Dibujé un triángulo de punta rota por una nube. No conté cuántos subieron; conté cuántos llegaron.

No cuentes cuántos subieron.
Cuenta cuántos llegaron.

33º · Morelia

En Morelia la catedral alzó sus dos torres como las cabezas de un águila: una mira lo que fue, la otra lo que será. —Ordo ab chao: el orden empieza por uno mismo —dijo Matías—. Ahora se deja el paso. Trigesimotercera resignación: el lugar mismo. Mis marcas se juntaron en un águila.

La espada no se desenvaina sin razón.
Ni se envaina sin honor.

 

Entonces entendí quién era Matías: el arriero fui yo; el que cuenta es el que ya caminó. En la plaza había un muchacho con un bulto, preguntando por la Piedra. Le di mi morral, lleno de marcas.

—Ve donde se acaban los caminos parejos —le dije—. Son treinta y tres. Yo los cuento. Tú nomás los pisas.

—¿Y qué se hace con lo que se suelta?

—Se le pone nombre. Y se deja ir.

Sentí que mi sombra se iba con él. Quedé ligero. Dicen que, en Morelia, a esa hora, todavía se oye un rumor de pasos contados.

Se rompe el sello por dentro.
Nada se pierde: se transmite.