miércoles, 4 de marzo de 2026

 

         


El Legado Traicionado: Carta a los Aprendices

 

Mis queridos hermanos,  permitidme hablaros esta noche con la franqueza que merece quien todavía conserva la capacidad de indignarse ante la injusticia.

 

Habéis jurado sobre el Volumen de la Ley Sagrada defender la libertad, combatir la tiranía y ser fieles a vuestros hermanos. Son palabras hermosas, ¿verdad? Palabras que resuenan en el pecho y encienden el espíritu. Pero, dejadme contaros una historia incómoda que debería ser enseñada en cada logia, pero que demasiado a menudo se esconde en el silencio.

 

 El 20 de enero de 2026, en Davos, un primer ministro pronunció un discurso que sacudió las conciencias del mundo. Mark Carney, líder de Canadá, habló de algo que los masones deberíamos reconocer inmediatamente: la diferencia entre vivir la verdad y vivir dentro de la mentira.

 

Carney citó a Václav Havel, aquel dramaturgo checo que desafió el totalitarismo soviético. Havel contaba la historia de un tendero que cada mañana colocaba un letrero en su ventana: "¡Trabajadores del mundo, uníos!". No creía en ello. Nadie creía en ello. Pero colocaba el letrero de todas formas: para evitar problemas, para señalar obediencia, para sobrevivir. Havel llamaba a esto "vivir dentro de la mentira".

 

Hermanos, dejadme preguntaros algo incómodo: ¿Cuántas logias masónicas son ese tendero? ¿Cuántas veces hemos colocado nuestros carteles proclamando "Libertad, Igualdad, Fraternidad" mientras cenábamos con tiranos? ¿Cuántas veces hemos recitado rituales sobre combatir el despotismo mientras firmábamos contratos con déspotas? ¿Cuántas veces hemos proclamado la fraternidad universal mientras abandonábamos a hermanos perseguidos? Hemos sido el tendero de Havel. Hemos vivido dentro de la mentira masónica.

 

Hace más de siete siglos, el Gran Maestre de los Caballeros Templarios ardió en una hoguera. Jacques de Molay, traicionado por aquellos que debieron protegerlo, torturado hasta confesar crímenes inexistentes, finalmente gritó su inocencia mientras las llamas consumían su cuerpo. Su crimen no fue herejía ni blasfemia, como proclamaba el rey Felipe IV de Francia. Su verdadero crimen fue tener poder que otros codiciaban y riquezas que otros deseaban.

 

Pero aquí está la verdad que raramente se cuenta completa: De Molay no fue traicionado solo por el rey Felipe IV de Francia. Fue abandonado por sus propios hermanos templarios que, para salvar sus vidas y propiedades, guardaron silencio o testificaron contra él.

 

Cuando el poder político necesitó sus bienes, cuando la conveniencia superó al honor, la hermandad se disolvió como humo. El Papa Clemente V, quien debió defender a los templarios, eligió su propia seguridad. Los nobles que habían jurado protección miraron hacia otro lado. Y De Molay murió no solo traicionado por sus enemigos, sino abandonado por quienes debieron ser sus aliados. Sus hermanos templarios vivían dentro de la mentira. Proclamaban juramentos sagrados, pero cuando llegó el momento de defenderlos a costa de sus privilegios, quitaron discretamente sus mantos blancos y miraron hacia otro lado. ¿Ha cambiado algo?                                                                                                                                            

Nosotros, en el Rito Escocés, invocamos a De Molay. Tenemos grados que llevan su nombre. Pronunciamos discursos sobre su martirio. Pero cuando un hermano enfrenta la tiranía moderna, cuando un masón es perseguido por defender sus principios, ¿dónde está la Orden? ¿Dónde están los Grandes Inspectores que se proclaman herederos de los antiguos caballeros?

 

Lo sabemos: negociando con los nuevos Felipe IV, protegiendo sus propios intereses, esperando a que el hermano perseguido esté muerto para entonces y solo entonces, honrar su memoria.

 

Dejadme llevaros más cerca en el tiempo y en el espacio. Hablemos de un hermano mexicano, un masón cuyo nombre muchos de vosotros conocéis: Melchor Ocampo.

 

Ocampo no fue un masón de salón. No fue de esos que asisten a tenidas para hacer contactos comerciales o presumir de grados. Fue un verdadero hermano, un hombre que creyó sinceramente que la masonería existía para transformar la sociedad, combatir el fanatismo y construir una nación libre.

 

Redactó las Leyes de Reforma. Luchó por separar la Iglesia del Estado cuando hacerlo significaba la excomunión y la muerte. Defendió la libertad de conciencia cuando las balas conservadoras cazaban liberales en los caminos. Y cuando lo capturaron, cuando lo llevaron a fusilar en aquella mañana del 3 de junio de 1861, ¿sabéis quiénes estaban entre sus ejecutores? Hombres que habían asistido a las mismas logias que él, quienes callaron como momias y no actuaron con prestancia para acudir en su auxilio.

 

Eran masones conservadores que decidieron que su lealtad al partido, a la Iglesia o al dinero, era más importante que su juramento fraternal. Ocampo murió traicionado no solo por sus enemigos políticos, sino por aquellos que habían compartido el mandil con él y no lo salvaron.

 

Y mientras moría, mientras su sangre masónica empapaba la tierra mexicana, ¿qué hicieron las Grandes Logias? ¿Qué proclamaron los masones de todos los grados? Algunos enviaron condolencias póstumas. Otros guardaron silencio prudente. Ninguno arriesgó su posición para salvarlo. Eran tenderos colocando letreros de "Fraternidad" mientras dejaban que cargaran los fusiles.

 

Aquí es donde el discurso de Carney en Davos ilumina nuestra crisis masónica con una claridad brutal. Escuchad sus palabras y aplicadlas a nuestra Orden. Carney dijo que cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad, aceptamos lo que se nos ofrece, competimos entre nosotros para ser los más complacientes. Esto no es soberanía, afirmó, es un performance de soberanía mientras aceptamos la subordinación.

 

Así, la masonería institucional ha estado ejecutando un performance de principios mientras acepta la subordinación.

 

Cuando un dictador masón gobierna, las logias negocian bilateralmente con él. No unidos, no desde los principios, sino individualmente, compitiendo por ser las más complacientes. Se ofrece silencio a cambio de una mejor sede. La Logia Empresarial le ofrece legitimidad a cambio de contratos gubernamentales y le ofrece grados honoríficos a cambio de protección institucional. Mero performance de principios mientras aceptamos la subordinación al poder.

 

Carney habló de cómo las naciones medias prosperaron bajo el orden internacional basado en reglas, pero sabiendo siempre que la historia de ese orden era parcialmente falsa, que los más fuertes se exentarían a sí mismos cuando fuera conveniente. Hermanos, ¿no es exactamente, así como funciona nuestro "principio" de "reconocer a los gobiernos legalmente constituidos"? Es nuestra coartada perfecta. Cualquier tirano, una vez consolidado en el poder, se vuelve un "gobierno legalmente constituido". Cualquier golpe de Estado, una vez exitoso, se vuelve la "nueva autoridad legítima". Cualquier dictador masón, mientras tenga el poder, es "reconocido" por la Orden.

 

Y cuando cae, cuando ya no puede dañarnos, entonces sí, entonces lo expulsamos póstumamente y proclamamos que siempre estuvimos del lado de la libertad.

 

Carney advirtió sobre esto cuando dijo que, si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de reglas y valores por la búsqueda sin trabas de su poder e intereses, las ganancias del transaccionalismo se volverán más difíciles de replicar. La masonería abandonó la pretensión hace décadas. Ahora somos puramente transaccionales: apoyamos al poder mientras nos beneficia, y lo condenamos cuando ya es seguro hacerlo.

 

Pero aquí, es donde Carney nos ofrece un camino de redención. Porque su discurso no fue solo una denuncia de la subordinación; fue un llamado a la acción para quienes nos negamos a vivir en la mentira. Carney preguntó: ¿Qué significaría para las potencias medias vivir la verdad? Primero, dijo, significa nombrar la realidad. Nombremos nuestra realidad masónica, hermanos. Decimos en la mónita del primer grado que nos dedicamos al estudio de la verdad.

 

La realidad es que la masonería institucional, especialmente en su jerarquía se ha protegido a dictadores masones o profanos mientras aquellos perseguían a otros masones. La realidad es que el principio de reconocer gobiernos se ha usado como excusa para la complicidad con la tiranía. La realidad es que las expulsiones póstumas son marketing institucional, no justicia masónica. La realidad es que muchos masones han priorizado sus intereses económicos sobre sus juramentos fraternales. La realidad es que la Orden ha traicionado repetidamente a sus propios mártires, de De Molay a Ocampo, de Allende a los desaparecidos argentinos.

 

Nombrar esta realidad es incómodo. Os hará impopulares en ciertas logias. Pero como dijo Carney citando a Havel: cuando incluso una persona deja de actuar, cuando el tendero quita su letrero, la ilusión comienza a agrietarse. Carney hizo un llamado urgente: en un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por favores, o combinarse para crear un tercer camino con impacto.

 

Hermanos: vosotros sois las potencias medias de la masonería. No tenéis el poder institucional de los grados 33. No controláis las finanzas de las Grandes Logias. No tenéis acceso a los salones donde se negocian las complicidades. Pero Carney también dijo que no deberíamos permitir que el ascenso del poder duro nos ciegue al hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas permanecerá fuerte, si elegimos ejercerlo juntos. Si elegimos ejercerlo juntos. Ahí está la clave, hermanos. Carney ofreció a las naciones medias una elección clara, tomemos la misma elección en términos masónicos.

 

Podéis elegir vivir dentro de la mentira. Podéis ascender en los grados, memorizar rituales, pagar cuotas y asistir a banquetes. Podéis colocar vuestro letrero de "Libertad, Igualdad, Fraternidad" en la ventana del templo cada tenida. Podéis deciros a vosotros mismos que sois masones de verdad porque conocéis las palabras de pase y los signos secretos. Y cuando un hermano sea perseguido por defender principios masónicos, podéis invocar: "La Orden no interviene en asuntos políticos." Y cuando un dictador masón sea finalmente derrocado, podéis participar en su expulsión póstuma y sentiros virtuosos.

 

Podéis ser el tendero de Havel, viviendo cómodamente dentro de la mentira. O podéis hacer lo que Carney urgió al mundo: es tiempo de que compañías y países quiten sus letreros y encuentren un camino diferente. Podéis quitar el letrero de la mentira seudomasónica.

 

¿Qué significa esto? Significa ser masones de verdad, no actores en un teatro esotérico. Significa que cuando recitéis "combatimos la tiranía", realmente lo haréis. Significa que cuando juréis "fraternidad", defenderéis a vuestros hermanos perseguidos, aunque os cueste. Significa que cuando se os pida que guardéis silencio ante la injusticia masónica, hablaréis.

 

Significa que construiréis lo que Carney llamó un nuevo orden que abarque nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, desarrollo sostenible, solidaridad, soberanía e integridad territorial. Un nuevo orden masónico que abarque nuestros valores auténticos: defensa real de la libertad, fraternidad práctica no solo ritual, coherencia entre templo y mundo profano. Es tiempo de vivir la verdad masónica, no de actuar en la mentira.

 

La cadena de unión que formamos en cada tenida es hermosa. Pero solo es genuina si estamos dispuestos a sostener a nuestros hermanos cuando el mundo les suelta la mano. De lo contrario, es solo una coreografía ritual. Los grados que ascenderéis están llenos de enseñanzas sublimes. Pero recordad siempre: un grado sin coherencia moral es solo un título vacío, un letrero más en la ventana del tendero.

 

Podéis llegar al grado 33 y ser parte del problema que describí esta noche, otro tendero colocando letreros en los que no cree. O podéis quedarnos en el grado de Aprendiz toda vuestra vida, pero ser verdaderos masones, alguien que quitó su letrero y eligió vivir la verdad.

 

La luz que buscamos en la masonería existe. Pero no la encontraréis en los grados superiores ni en los rituales elaborados. La encontraréis en el espejo, cuando podáis miraros sin vergüenza. La encontraréis cuando defendáis a un hermano perseguido, aunque os cueste. La encontraréis cuando elijáis la coherencia sobre la conveniencia. La encontraréis cuando comprendáis que el verdadero templo masónico no se construye con columnas y piedras, sino con vidas vividas según los principios que proclamamos.

 

Y la encontraréis cuando, como Carney urgió a las naciones medias, reconozcáis que podemos darnos a nosotros mismos mucho más de lo que otros puedan quitarnos. Podemos darnos la dignidad de ser masones auténticos. Nadie puede quitárnosla excepto nosotros mismos cuando elegimos vivir dentro de la mentira.

 

 ¿Quitaréis vuestros letreros? ¿O perpetuaréis la mentira por otra generación? La elección, como siempre, es vuestra. Pero ahora al menos sabéis la verdad: que podéis construir algo mejor, si elegís ejercer ese poder juntos. Que la verdadera luz masónica ilumine vuestro camino y que el fuego Sagr.·. de nuestros ideales nunca se extinga.

 

 

F R A T E R N A L M E N T E

“Labor Omnia Vincit”

Or .·. de Morelia, Michoacán, a 04 de marzo de 2026,  E .·. V .·.

 

 

 

MDP::  M.∙. Mas.∙.  

 

¡Es Cuanto!

No hay comentarios: